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Muchas generaciones han encontrado, en su época, figuras que se transformaron en referentes porque les permitían traducir la complejidad del mundo y los interpelaban. Hoy, a 50 años del fusilamiento de Ernesto Guevara de la Serna, es una obviedad, y no tanto, aclarar que el Che ha trasvasado fronteras físicas y temporales para volverse un ícono de la lucha por una vida más justa, por una Latinoamérica unida, por una sociedad mejor. Parece una obviedad aclararlo, sí. Pero en la lucha discursiva nada es una verdad absoluta. Como tampoco aclarar que fue fusilado y no un muerto más.

No hay que interpretar de manera inocente las declaraciones de su captor aclarando que fue fusilado y no llevado ante la Justicia porque Bolivia no tenía la infraestructura necesaria. Detrás de ese discurso sólo se esconde el terror de los sectores más poderosos ante la figura de Ernesto Guevara. No se animan a decir que fue por miedo, por temor a un mundo más justo, a una Latinoamérica menos desigual. Detrás de ese discurso se esconde Estados Unidos, el país más democrático de esta aldea global. EE.UU no podía permitir figuras que interfieran con sus intereses, con las ganancias de sus empresas que los medios traducen como libertad. Y otra vez aparece la disputa en el discurso, en este caso empresarial-mediático. Porque si algo nos llevamos de Guevara, es la necesidad de defender nuestras ideas y combatir contra las posturas acríticas. La palabra es una de las herramientas más importantes ante el silencio. 

Las últimas que pronunció Ernesto “Che” Guevara el 9 de Octubre de 1967, instantes antes de ser fusilado en La Higuera, fueron las siguientes: ¡Apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!

 

Desde la derrota, nunca.

Hasta la victoria, siempre.