Los “distintos” Por Jorge Medina. Profesor Adj. de Derecho Procesal Penal de la Carrera Abogacía - Facultad de Ciencias Humanas.

Un fenómeno común que se advierte en los grandes núcleos poblacionales modernos es la tendencia de sus habitantes a diferenciarse de acuerdo a preferencias de toda índole: Música, ideología, identidad sexual, actividades sociales, etc. Esta diferenciación se hace sobre la base de la propia voluntad de sus integrantes, quienes ostentan con orgullo aquello que los hace diferentes. A la par de aquel fenómeno coexisten integrantes del cuerpo social que desaprueban todo aquello que no responde a sus cánones de “normalidad”, reprobación que se traduce en actos de ostensible rechazo y animadversión. Estas conductas se manifiestan con mayor virulencia cuando el ciudadano que se considera “normal” percibe que la actitud del “distinto” pone en riesgo alguno de sus bienes. Sobreviene entonces la mutación de actitud, pasando del simple rechazo a tratar de eliminar de su entorno a aquellos individuos potencialmente perjudiciales. Ese fenómeno es receptado por el Estado que reacciona al clamor del ciudadano medio dictando códigos de convivencia. Así se reacciona contra el “distinto” y se instala un preconcepto de peligrosidad derivado del modo en que se viste, de los accesorios que usa, su aspecto físico, el lenguaje que utiliza, su modo de vida; etc. Esa reacción es llevada a cabo por la fuerza pública que, sin ninguna clase de ambages, detiene a quien desde su óptica encuadra en un modelo determinado. Esta práctica tiene consecuencias tanto para los que la sufren como para la propia sociedad que asume dos actitudes: Aprueba el accionar policial o invisibiliza el conflicto. Sobreviene entonces una nueva etapa del fenómeno: Los destinatarios de esa política de seguridad asumen conductas que van desde la rebeldía (Por ej. raids en motocicletas de baja cilindrada circulando en grupos numerosos a alta velocidad, con escapes libres y sin las mínimas medidas de seguridad para quienes las conducen y quienes se cruzan con ellas), pasando por desórdenes en la vía pública y hechos de violencia personal de todo tipo. Ante el panorama descripto, hay quienes sugieren distintas soluciones: Mano dura, tolerancia cero, encarcelamiento del infractor, etc. Otros piden la identificación de quienes realizan ese tipo de conducta y la apertura de una causa judicial. Se instala en la conciencia colectiva la idea de que la solución represiva es la mejor opción. Se observan entonces personas que son demoradas sin otro motivo que la sospecha de poseer la potencial intención de cometer un delito, teniendo en cuenta su aspecto exterior, su rostro, su ropa, sus accesorios de vestir y los lugares públicos por los que transita. Otras son lisa y llanamente excluidas impidiéndoseles por ejemplo, el ingreso a determinados locales de esparcimiento so pretexto del ejercicio del derecho de admisión. La consecuencia resulta inevitable, se produce un quiebre del contrato social donde se hace imposible la convivencia entre la gente común y el “distinto” (sobre todo el individuo perteneciente a sectores vulnerables) lo que se traduce en situaciones de conflicto en la que la sociedad entera se ve involucrada. La idea entonces es encontrar una solución abarcativa que contemple los intereses de todos los actores del fenómeno descripto. Para lograrlo es necesario tener una visión inclusiva que lo aborde de un modo integral con base en la prevención, y esta, como sabemos, tiene como punto de partida la educación general de todos los involucrados sociales. La génesis de la delincuencia juvenil se identifica en la ausencia de contención del adolescente, por lo que se impone trabajar intensivamente en ese campo social y en esa franja etaria. Entendemos que la dicotomía debe ser resuelta en favor de la prevención.

Fotografía: Camila Petenatti Montiel. Estudiante de la Carrera de Comunicación Social. 

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