Y el pueblo se hizo Lula

 Por Damián Antúnez, profesor en los Dptos de Historia y Cs de la Comunicación de la Facultad de Humanas – UNRC y  Lorena Rojas, Foro por la Libertad y la Democracia-Río Cuarto

 

 

Comencemos por este provisorio final. Lula es ya la foto anhelada por sus verdugos, los poderosos de Brasil y de allende las fronteras, aunque no sea más que un goce tan neurótico como efímero; en definitiva, una foto que acaba siendo una imagen no nata, desvanecida en el aire. Pero eso sí, en un aire cargado de ideas, como él mismo se encargó de explicar en su última interlocución. Es que Lula, como se dice en la calle, es mucho Lula:  “Yo no soy un ser humano más. Yo soy una idea… Mis ideas ya están en el aire y nadie las podrá encerrar. Ahora vosotros sois millones de lulas”.

 

Millones de lulas que entonan una proclama revolucionaria y que, paradójicamente, es desoía por quienes han decidido vengar la afrenta cometida por el ex presidente durante sus mandatos 2003-2011: “Vamos a crear las condiciones para que todas las personas en nuestro país puedan comer decentemente tres veces al día, todos los días, sin necesidad de donaciones de nadie. Brasil ya no puede continuar conviviendo con tanta desigualdad. Necesitamos vencer al hambre, la miseria y la exclusión social. Nuestra guerra no es para matar a nadie: es para salvar vidas”[1]. Y así lo hizo. Cómo bien lo ha destacado el nuestro Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, sólo los programas Hambre Cero y Bolsa de Familia lograron sacar de la pobreza extrema a más de 30 millones de personas, convirtiendo al país vecino en un modelo a seguir, hecho además reconocido por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la FAO e, inclusive, por el Banco Mundial.

 

Una osadía que supuso una apuesta frontal por la libertad de la justicia social, es decir, no la libertad de los liberales (libertad de circulación, de consumo de opinión, libertad de mercado, etc.), sino de lo que en términos foucaultianos denominamos la libertad de-sujeción. En otras palabras, aquella libertad que rompe las cadenas de sujeción, de opresión pero que como contrapartida desató las iras de los sectores dominantes, quienes vieron en aquella liberación la disminución de sus tasas de ganancias. Tal es lo que sucedió y tal es el cargo inventado, dibujado, falsificado, que un conjunto de sicarios investidos de la legalidad de un “golpe blando” hoy están llevando a cabo un castigo ejemplificador por haber dado voz a los sin voz, por haber concedido poder a los desposeídos… Esos nadies que hoy se han empoderado, que vienen siguiendo a Lula en sus caravanas por todo el país, que no olvidan, que no claudican…; muchos de ellos también lo acompañaron en el sindicato metalúrgico en los ’60 y lo arroparon en los ’80 cuando llevó adelante la mayor huelga obrera contra la dictadura militar, motivo por el que fue preso. Esos y sus hijos y los hijos de sus hijos vienen haciéndose pueblo, haciéndose Lula desde hace mucho tiempo y están decididos a no callar, a no arrodillarse, a resistir. Será por eso que todavía y pese a todos los escollos interpuestos en su camino, el pueblo brasileño está en marcha y sus sueños siguen en pie.

 

Lula plantó su manzano y sus semillas hace tiempo que se han esparcido por toda América Latina. Lula no sólo es de Brasil, ni del pueblo brasileño. Lula es, como él mismo lo dijera, “un constructor de sueños”. El sueño de un país con justicia social, donde millones de pobres pudiesen tener oportunidades, incorporarse con dignidad y derechos garantizados al mercado de trabajo, ir a la universidad, tener acceso a la salud pública; nada menos y nunca menos… Y ese y no otro es el motivo de la condena. Soñemos entonces y revolucionemos los sueños porque “la muerte de un combatiente no para la revolución”.

 

[1] Luiz Inácio Lula Da Silva, discurso de investidura, 1/1/2003.

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