Facultad de Ciencias Humanas

Atardecer del 20 de diciembre de 2001.
Foto: Enrique García Medina

Diciembre de 2001 implicó un antes y un después en la vida política argentina. Aquellas jornadas se presentaron como un momento de inflexión muy fuerte, que cuestionó el sentido de la política representativa y puso en evidencia la escisión entre sociedad civil y clase política, profundizada por el modelo neoliberal. Desde #entramadxs invitamos a docentes de diferentes departamentos de la Facultad de Humanas para construir una reflexión colectiva que nos permita repensar los 20 años del famoso lema “que se vayan todos” y recuperar aquellos sucesos y su impacto en la política y la sociedad actual. De la protesta social, las luchas y los desafíos para redefinir el espacio público-político.

El colapso definitivo de la densidad nacional

Por: Cristian Santos
Vicedecano FCH - UNRC

El capitalismo se transforma permanentemente. En ese proceso, plantea a los países desafíos y oportunidades. Aldo Ferrer entendía que los países que han sabido enfrentar mejor esos desafíos o aprovechar mejor esas oportunidades, han sido aquéllos que lograron mayor cohesión y movilidad social ascendente; mayor eslabonamiento productivo entre empresas locales, sector público, sistema científico-tecnologico y sector externo; mayor estabilidad institucional y prevalencia del mercado interno y la soberanía nacional por sobre el mercado externo y el pensamiento  librecambista.

Al despliegue de esas condiciones lo llamó “densidad nacional “.

Diciembre de 2001 significó el cierre de un ciclo de acumulación caracterizado fundamentalmente por la privatización de empreas estatales, la desregulación de mercados, la apertura indiscriminada, la extranjerización del patrimonio público y el endeudamiento recurrente. Este ciclo se había iniciado con el golpe cívico-militar del 24 de marzo 1976 y finalizaría al comenzar el nuevo siglo.

Probablemente la crisis vivida por aquellos días de 2001 haya representado el mayor colapso institucional de nuestro país en su historia reciente.

Hacia finales de noviembre de ese año, grandes ahorristas habían retirado dólares del desregulado sistema bancario argentino que además permitía depositar pesos y retirar dólares en igual cantidad, dada la paridad: algunas estimaciones cifran, entre extracciones y fugas, unos 80.000 millones de dólares. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional había resuelto no refinanciar la deuda argentina ni tampoco otorgarle un nuevo rescate. Esto sucedió apenas meses después de conseguidos sendos acuerdos conocidos como “blindaje” y “megacanje” por más de 70.000 millones de dólares.

Algunas de las condiciones impuestas por el FMI para aquellos acuerdos se habían instrumentado con la ley de responsabilidad fiscal, la ley de déficit cero, la disminución del 13% en jubilaciones y salarios del sector público y la reducción de aportes patronales. Todas ellas, medidas practicadas por el gobierno de entonces para reducir el déficit público vía restricción de gastos, que equivalía a menos Estado y a menos derechos. 

Ante la corrida bancaria reinante, el 02 de diciembre se firmó el decreto 1.570 que impuso un límite a la extracción semanal de 250 pesos/dólares, una acción que alimentó aun más las movilizaciones y los estallidos sociales en distintos puntos urbanos del país.

El 13 de diciembre se produjo una huelga general, a la que siguieron saqueos a tiendas y supermercados en distintas ciudades.

El 19 de diciembre, el entonces presidente Fernando de la Rúa decretó el estado de sitio en todo el territorio nacional, ordenando también el despeje de espacios públicos ocupados por manifestantes. A las pocas horas, los operativos de represión dejaban un saldo de 39 personas fallecidas y centenares de heridas.

El 20 de diciembre, de la Rúa presentó su dimisión  y debió irse de la casa de gobierno en helicóptero.

En once días, tuvimos cinco presidentes.

La política monetaria estaba impedida por la ley de convertibilidad, la actividad económica estaba detenida, el sistema bancario estaba quebrado, ya no había patrimonio para vender y los acreedores no estaban dispuestos ni a prestar ni a refinanciar la deuda argentina. La tasa de desempleo llegó casi al 22% y la pobreza, al 46%. La marginalidad y la indignidad se hicieron insoportables.

No había confianza en la moneda ni en las instituciones.

El 23 de diciembre, el entonces presidente Rodríguez Saá declaró en el Congreso Nacional la cesación de pagos de la deuda externa, que por entonces ascendía a casi 145.000 millones de dólares. Deuda que, resulta oportuno señalar, antes del golpe de 1976 era inferior a 8.000 millones de dólares y al asumir Alfonsín ya superaba los 45.000 millones. La dictadura no solamente la había más que quintuplicado, sino que lo hizo estatizando deuda de empresas privadas, algunas de ellas multinacionales (entre 15.000 y 20.000 millones de dólares tenían este origen, según algunas investigaciones).

La crisis continuó durante varios meses. Fue el resultado inevitable de haber renunciado a la política monetaria, de haber adoptado acriticamente la doctrina del libre mercado y de la especulación financiera.

La destrucción  del tejido productivo, la interrupcion de la cadena de pagos, la pulverización de empleos formales, la caída abrupta de salarios y jubilaciones no fueron  resultados de un error de cálculo, de una falla de aplicación o de la desventura de un gobierno al que le salieron mal las cosas. Hubo un plan sistemático para laminar la densidad nacional, para aumentar la dependencia económica y renunciar a la soberanía política, argumentando que con el libre mercado basta. Ese ciclo, que estuvo vigente durante más de veinticinco años, fracasó y dejó al país desprovisto de aquellas condiciones esenciales para enfrentar los desafíos o aprovechar las oportunidades que vendrían en las siguientes décadas.

A ése le siguió otro ciclo, cuyo mayor desafío sería precisamente reconstruir la propia densidad nacional. La comprensión del nuevo período resultaría imposible sin considerar las condiciones de contexto de su punto de partida.

Es por esto que la memoria colectiva resulta imprescindible, representa acaso el mayor acto de responsabilidad política sobre nuestro pasado.

Bienvenidas sean, pues, la reflexión crítica y la memoria colectiva que nos proponen representantes de distintas disciplinas de nuestra Facultad de Ciencias Humanas, veinte años después.

Traducción

 

No era un asunto de entendimiento

sino de traducción: las agitadas

capas de aire, de sonido

de la multitud convocándose

ocupaban el recinto de la tarde.

El mensaje no estaba en los carteles

ni en los cantos, sino en los cuerpos

que desplazaban su energía por las calles.

No había que entender sino incluirse

en el rumor y el movimiento,

trasladar el fracaso a otro orden,

hacer de uno mismo una versión impensada,

traicionarse.

 

 

Por: José Di Marco

Profesor del Departamento de Letras.

De Mundo sublunar, Cartografías, Río Cuarto, 2006.

 

Gonzalo Martínez y Aurora Morea, 20 de diciembre de 2001.
Foto: Raúl Ferrari, Agencia Telam.

El 2001 en la memoria colectiva local.
20 años después…

Por: María Virginia Quiroga (Profesora del  Departamento de Trabajo Social) e Iván Baggini (Profesor del Departamento de Trabajo Social y Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales)

El año 2001 ha trascendido en la memoria colectiva, principalmente, por el ciclo álgido de protestas entre diciembre de 2001 y enero del 2002, las cuales marcaron el final de la presidencia de Fernando de la Rúa (1999-2001) en el marco de una multicrisis generalizada. Es decir, no sólo se enfrentaba un desequilibrio económico y financiero, sino también lesivas consecuencias sociales y profundas dificultades de orden político-institucional.

Algunas investigaciones dedicadas al análisis sobre este tema caracterizaron al período como una crisis orgánica que dislocó el modelo vigente (Pucciarelli y Castellani, 2014). Otros trabajos enfatizaron en los problemas derivados de la interrupción en la regularidad del dinero, la propiedad y la autoridad política; con fuertes impactos en la reproducción de la vida cotidiana y la regulación de la convivencia social (Grüner, 2003; Pérez, 2010). También se abordó el 2001 “como un evento dislocador” que marcaría una ruptura con el período anterior y posibilitaría la emergencia de un nuevo tiempo político (Magrini y Quiroga, 2012).

Ciertamente el contexto argentino de hace veinte años atrás, ponía de relieve el rechazo a un modelo económico de ajuste y exclusión y un sistema político cada vez más escindido de las demandas populares… ¡Ya Basta!, ¡Que se vayan todos!, ¡Bancos y políticos corruptos!, Neoliberalismo, ¡nunca más!… eran algunas de las consignas que resonaban con vehemencia en las sucesivas movilizaciones, piquetes y asambleas barriales de aquella etapa.

A pesar de ello, es preciso tener en cuenta que la crisis de 2001 excede las jornadas candentes del 19 y 20 de diciembre en la Plaza de Mayo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Al respecto, la investigadora Mónica Gordillo (2010) advierte sobre la necesidad de rastrear la historicidad y la multiescalaridad de aquellos acontecimientos; es decir, reconstruir las “huellas anteriores que estuvieron presentes y condicionaron las acciones de diciembre, haciendo posible inscribirlas en una historia de conflictividad” (Gordillo, 2010:15) y, a su vez, procurar dar cuenta de las conexiones, vinculaciones y tensiones a lo largo y ancho del país.

Particularmente la ciudad de Río Cuarto, no permaneció ajena a la dinámica contenciosa de este período histórico e hizo eco de las problemáticas que atravesaba el país por aquel entonces. Diversas noticias en el periódico local advertían sobre las consecuencias del modelo neoliberal en la ciudad, remarcando, por ejemplo, el crecimiento de la pobreza[i] y el desempleo[ii], la expansión de la desigualdad socia[iii] y la recesión económica[iv]. Al mismo tiempo, en reiteradas ocasiones se hacía referencia al fuerte incremento de la demanda social al municipio y las manifestaciones de descontento con la dirigencia política.

Los datos obtenidos a partir del relevamiento desarrollado durante nuestra labor de investigación en la FCH-UNRC[v], nos permiten reconocer y caracterizar, preliminarmente, este ciclo de conflictividad en la escala local. El periodo comprendido entre agosto de 2001 y mayo de 2002 es el que presenta mayor número de protestas en Río Cuarto, en tanto que diciembre de 2001 registra el pico máximo; luego, desde junio de 2002 hasta fines de año, se vislumbra una frecuencia constante de las acciones colectivas.

En cuanto a los actores sociales involucrados en las protestas, destacaron los/as “trabajadorxs” (de la educación, de la salud, de la administración pública, entre otros) y, luego, los/as “ciudadanxs” en general. En relación a las formas organizativas que adoptaron, puede apreciarse una tendencia que privilegiaba la elección por formatos de carácter institucionalizado (principalmente la acción sindical-gremial), luego las iniciativas de tipo autoconvocadas y, finalmente, multisectoriales, a las que se recurrió en los momentos más candentes con problemáticas comunes.

Asimismo, las protestas se articularon básicamente en torno a dos motivos específicos vinculados con temas políticos y económicos. De esta manera, entendemos que la necesidad de lograr estabilidad económica y gubernamental era prioritaria para los y las riocuartenses en aquellos momentos. 

Por su parte, el Poder Ejecutivo Nacional resultó mayoritariamente mencionado como antagonista de las protestas sociales; en menor medida también fueron identificados como adversarios los políticos en general, el gobierno municipal, los bancos, entre otros. La instancia de gobierno municipal (en sus diferentes poderes y dependencias) fue interpelada, en varias ocasiones, como una vía pertinente para canalizar las demandas, solicitando su mediación y apoyo en la búsqueda de alternativas a la crisis.

En materia de repertorios de acción, la movilización y la huelga se registraron como los formatos predominantes y más recurrentes de la etapa estudiada; luego, los cortes de caminos y los cacerolazos. Vale destacar que rara vez encontramos iniciativas individuales, sino que se combinaron dos o más formatos de acción. Esta cuestión se torna, incluso, más visible a partir de diciembre de 2001 y durante los primeros meses del 2002, cuando se visibilizaron formatos “nuevos” (como el cacerolazo, la caravana y el escrache), que complementaron a otros ya existentes (huelga, toma, corte, entre otros).

Con ánimos de contribuir a la revisión de la historia reciente, consideramos necesario emprender estudios y alentar debates e intercambios que continúen explorando los antecedentes y las huellas de ese 2001, no solo en las grandes metrópolis sino también en ciudades pequeñas e intermedias de las provincias argentinas. Una mirada local a los acontecimientos estructurales es una alternativa que nos invita a re-pensar la actualidad y la compleja trama de la construcción colectiva de la realidad social, tarea que genera, sin dudas, un constante desafío en el desarrollo de la investigación en ciencias sociales.

 

Bibliografía   

Gordillo, M. (2010). Piquetes y Cacerolas. El “argentinazo” del 2001. Buenos Aires: Sudamericana.

Grüner, E. (2003). “Argentina o el conflicto de las representaciones”.  Sociedad, (20/21), 27-54.

Magrini, A. L., & Quiroga, M. V. (2012). “A 10 años de diciembre de 2001: De la protesta social, luchas, desafíos y reinvenciones de lo político”. Estudios Digital, (26), 59–79. https://doi.org/10.31050/re.v0i26.863

Pérez, G. (2010). “Genealogía del quilombo: una exploración profana sobre algunos significados del 2001”. En: Pereyra, S. et. al. (eds.) La huella piquetera. Buenos Aires: Ediciones al Margen.

Pucciarelli, A. y Castellani, A. (2014). Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal. Buenos Aires: Ed. Siglo XXI.

[i] Durante el primer semestre del 2001 encontramos notas periodísticas que apuntan a la creciente demanda de ayuda social al Municipio (por ejemplo: “31% de la población, es decir, 50.000 personas del total de los habitantes perciben algún tipo de ayuda social municipal” Puntal, 16/05/2001). Hacia fines del 2001, el diario destaca el crecimiento de los indicadores de pobreza que alcanzarían al 30% de los riocuartenses (Puntal 11/12/2001). En agosto de 2002 los indicadores del INDEC, revelan que “en Río Cuarto la mitad de la población es pobre y el 20,2% es indigente” (Puntal, 22/08/2002).

[ii] En diciembre de 2001 el periódico Puntal alude a un crecimiento del 35% en los índices de desempleo; además, registra los numerosos pedidos de seguros en ANSES y las solicitudes masivas en el marco del programa nacional nuevo empleo (Puntal, ediciones de enero de 2002) y, luego, en el marco del Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados (Puntal, ediciones de mayo y junio de 2002).

[iii] “Los ricos ganan 23 veces más que los pobres en Río Cuarto” (Puntal, 06/09/2001). “En Río Cuarto los ricos ganan 38 veces más que los pobres”, citando estimaciones del INDEC (Puntal, 22/05/2002).

[iv] Las ediciones de Puntal de mediados del 2001 registran las caídas en la recaudación municipal producto de los recortes a nivel nacional y provincial. En relación a las ventas en el comercio también se habla de “caídas del orden del 5 por ciento” (Puntal, 24/06/2001) y del “cierre de cincuenta empresas en un año” (Puntal, 15/06/2001).

[v] Proyecto de investigación Hacia un mapeo de la protesta social en ciudades intermedias y agro-universitarias de la provincia de Córdoba. Río Cuarto y Villa María en coyunturas históricas recientes y conflictivas (1989-2003), dirigido por Celia Basconzuelo y codirigido por María Virginia Quiroga. Les investigadores integrantes del proyecto son: Iván Baggini, Marcela Brizzio, Claudia Kenbel, Aimé Aminahuel, María Eugenia Isidro (UNRC). El proyecto fue aprobado y financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Provincia de Córdoba. Resolución Ministerial N° 144/2018, periodo 2019-2021.

Las experiencias asamblearias y la ciudadanía autoconvocada conformaron un nuevo léxico político de la protesta social y la democracia en clave local.

Movimiento asambleario y ciudadanía autoconvocada

Una lectura de la experiencia local sobre la crisis política institucional del año 2001

Por: Carlos Reynoso. 
Profesor del Departamento de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales  

El presente artículo se orienta a reflexionar sobre el movimiento asambleario surgido en Río Cuarto en el contexto de la crisis política e institucional de los años 2001/2002 en Argentina. Se referencia su desarrollo para luego indagar específicamente en la Ciudad de Río Cuarto lo que permitiría vislumbrar la correlación entre tensiones, conflictos y protestas sociales inherentes a la esfera política en la urbe local.

En este escenario los componentes del modelo asambleario local presuponen, en primer lugar, caracterizarlo como una expresión colectiva que emerge a partir de una concepción de prácticas deliberativas. Sus componentes heterogéneos transforman al colectivo ciudadanía autoconvocada en un ámbito de subjetividades polisémicas. Es en este sentido que la asamblea como figura aglutinante de voces múltiples de historicidades y proyecciones conformaron un ámbito donde la subjetividad se construye y reconstruye en tensión con las tradicionales estructuras de representación política.

En segundo lugar, las asambleas referían a nuevos espacios de solidaridad para los ciudadanos autoconvocados y se constituían como actores-receptores de las decisiones del cuerpo asambleario. Como afirma Maristella Svampa “las asambleas traía consigo la promesa de la creación de espacios de solidaridad y de confianza, partir de las cuales (re) construir los lazos sociales, tan socavados y mercantilizados tras una década de neoliberalismo” (2002: 1).

La crisis política del año 2001 en la ciudad de Río Cuarto no puede pensarse sin interacción de subjetividades e historicidades. Coincidiendo con Horacio González que “en las asambleas circula un pensamiento práctico que no es inmediatamente visible, que está constituido por una trama de fragmentos de experiencias y saberes anteriores, y por la existencia imperceptible de acciones y conocimientos individuales que allí coexisten. La existencia de “saberes anteriores” es una auténtica fuente de recursos a la hora de ensayar trayectorias alternativas a los recorridos propuestos por el poder estatal y las fuerzas de mercado” (2002: 170). Entendiendo que la democracia asamblearia deconstruyó el orden simbólico de la ley y plasmó nuevas subjetividades en un modelo de democracia basado en la horizontalidad. Es decir, adquiere la ciudadanía autoconvocada en sus prácticas asamblearias una proyección del despliegue de sus potencialidades.

Se trata de una resignificación del sentido de ciudadanía en un plano de lo no dicho, pero al margen de las estructuras institucionales del tradicional modelo de soberanía representativa. Entonces la figura del asambleísta local resignifica la realidad política desde dos planos performativos:

 

a. Como productores de la realidad social, en tanto se explicita como uno y como múltiple desde las decisiones asamblearias.

b. Como productores de subjetividad de nuevas identidades.

 

 

Rescatamos la noción de transformación de subjetividades individuales y colectivas como traslación a partir de la movilización y las prácticas asamblearias. Entonces es necesario distinguir cómo operaron las relaciones intersubjetivas en la visibilización de la protesta social y el espacio público entendiendo este último como un ámbito que permite establecer la vinculación de sus demandas y manifestaciones. Los aportes de Federico Schuster (2004) posibilitaron inferir que el Estado adquiere, en este contexto, relevancia, pero también el sistema político y presupone concentrar su atención en lo que podríamos entender como modificaciones del orden público, en tanto explicita un conjunto de actores vinculados en torno a la noción de identidad.

Sobre tal dimensión la participación ciudadana de la autoconvocatoria local en el espacio público fue considerada analíticamente desde tres momentos disruptivos en relación a las tensiones individuales y su vinculación con las manifestaciones en Rio Cuarto. En primer lugar, el fortalecimiento de lazos de solidaridad reconociendo la relevancia de los vínculos interpersonales, escenarios donde la espontaneidad participativa se hizo manifiesta. En segundo lugar, la ritualización de las prácticas sociales constituyeron espacios de identidad de los participantes y finalmente la socialización se traduce en experiencias políticas y vinculaciones intersubjetivas. Como correlato se considera que las experiencias asamblearias y la ciudadanía autoconvocada conformaron un nuevo léxico político de la protesta social y la democracia en clave local.

 

 

Referencias Bibliográficas

GONZALEZ, H (2002). Memoria y Nación en 19 y 20. Apuntes para un nuevo protagonismo social. Buenos aires; Edit. De mano en mano.

SCHUSTER, F. L. (2004). “Las protestas sociales y el estudio de la acción colectiva”. En SCHUSTER, Federico L., NAISHTAT, F.

NARDACCHIONE G., (Comp.). Tomar la palabra. Nuevas formas de protesta social en Argentina. Buenos Aires: Editorial Prometeo.

SVAMPA, M. (2002) Movimientos sociales en la Argentina de hoy. Piquetes y Asambleas. Tres estudios de casos. Equipo de Trabajo: Damián Corral, Mariana Barattini y Marina García [en línea] CEDES, Argentina.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA.
Las resistencias que supimos construir

Reflexiones a 20 años de la crisis del 2001

Por: Mónica Astudillo
Profesora del Departamento de Ciencias de la Educación

La crisis del 2001 fue tan intensa, nos marcó tanto, que cuesta sintetizar en palabras lo que se vivía y temía por aquellos días.

Desde mi lugar como docente universitaria en la Facultad de Ciencias Humanas y asesora pedagógica en otra Facultad sentía la angustia y el desconcierto que nos invadía. En ese año, entre otras situaciones que nos tocaban muy de cerca, López Murphy -olvidable Ministro de Economía- había anunciado una drástica reducción en educación y en particular un impresionante recorte al presupuesto universitario.  En mis vivencias, atesoro aquella histórica sesión del Consejo Superior en contra de esas medidas y en defensa de la educación pública. Bandera que hemos levantado en innumerables marchas y luchas.

Recuerdo de manera muy especial  las actividades de ingreso en 2002 cuando me tocó proyectar y participar en talleres con ingresantes. Febrero y marzo dolientes, que habían sido paridos en la urgencia y los desconciertos de la época. Yo me encontraba frente a jóvenes -en su mayoría- con las ilusiones de cada inicio, con esperanzas y temores de todo comienzo. Probablemente, yo tenía herramientas y conceptos pertinentes para nombrar ese momento de iniciación y aprendizaje de un nuevo oficio, el de ser estudiantes universitarios. Lo que no tenía era una dimensión del daño social, económico y político que afectaba a toda una generación y sus expectativas de progreso, personal y social.

Recuerdo muy especialmente la emoción contenida que invadía la clase, los ojos brillosos, los leves pero elocuentes movimientos de cabeza cuando les dábamos la bienvenida a la universidad pública, cuando les decíamos que sabíamos del sacrificio personal y de sus familias para que ellos y ellas pudieran estar allí y de los temores que seguramente tenían. Fue muy fuerte aquel ingreso. Todo parecía tan frágil y complicado: proyectarse, saber cómo iban a sostenerse en la carrera, el dilema entre trabajar o estudiar; quedarse en Río Cuarto o volver a sus localidades.  Esas caras, esos gestos y esas miradas eran retratos vivos de la crisis.

Me pregunto hoy, a dos décadas, si pudimos dar cuenta cabalmente del impacto educativo profundo que tuvo salir de la convertibilidad, de ese falso pero efectivo paraguas, en el que por 10 años se nos hizo creer en un mundo feliz de consumo y prosperidad.

Me pregunto sobre las resonancias que nos dejó el corralito financiero, por fuera de las dramáticas consecuencias en los ahorros.  A nivel social y personal sabemos que afectó la vida de todos. Sobran cifras, datos y relatos de aquella época. Basta mirar las tapas de los diarios, poner la palabra fatídica en el buscador de internet y rápidamente tenemos un panorama que duele.

Sin embargo, el día a día en la UNRC no solo estaba signado por esa angustia sino también por la esperanza, infaltable compañera de la tarea educativa.

Y a eso quiero referirme también. La memoria de aquel caos es también memoria de las resistencias que supimos construir. Creo que en aquel momento de crisis y de ausencia de utopías, a los universitarios nos resultaba sumamente difícil constituirnos y sentirnos un sujeto social con una direccionalidad clara. Me refiero a esa voluntad social particular, enraizada en las circunstancias que definen el pasado y el presente y que se traduce en la capacidad para intervenir en la construcción del futuro, transformar la realidad y formular proyectos viables.

Sin embargo, pese a todas las dificultades y la hegemonía imperante, mucho camino se había recorrido en la construcción de alternativas para nuestro medio, nuestra cultura y nuestro tiempo, que nos permitieron resistir y seguir construyendo.

La universidad siempre ha resistido (a veces más firmemente, otras más débilmente) a través del ejercicio del autogobierno y de la autonomía universitaria. A sí mismo, aunque fuera de manera silenciosa y con apariencia dispersa, es posible reconocer movimientos instituyentes que sostuvieron ideales y preocupaciones en torno a los procesos educativos, la democratización universitaria, la integración institucional.

El recorrido personal en la formación docente -de más de 30 años- me ha permitido advertir tanto las dificultades y resistencias por volver visibles los proyectos alternativos, dotarlos de fuerza y permanencia como las oportunidades siempre renovadas y desafiantes de instalar ideas, sentimientos y experiencias, que operen como un referente efectivo para la mejora de la educación universitaria.

Algunos de aquellos acontecimientos y procesos que nos permitieron afrontar la crisis y no naufragar, comenzaron a gestarse 10 años antes. Uno de los hechos fundantes en esta historia lo constituyó la creación del Área de Pedagogía Universitaria, dependiente de la Secretaría Académica de la UNRC (1991) cuyas líneas de acción se centraron fundamentalmente en crear espacios de formación, comunicación e intercambio entre docentes de distintas facultades. Uno de los dispositivos claves para acompañar las acciones del Área fue la creación del Grupo Interfacultades de Docencia Universitaria en el año 1992, con representantes de grupos docentes movilizados por la formación pedagógica y de las áreas académicas de todas las facultades, siendo un marco de consulta y asesoramiento ampliado. Por otra parte, en ese mismo año se crea en la Facultad de Ingeniería, el Gabinete de Asesoramiento Pedagógico de Ingeniería (GAPI) y a finales del año 1994, en la Facultad de Ciencias Exactas, Físico-Químicas y Naturales se crea el Área de Asesoramiento Pedagógico.

Uno de los propósitos centrales de aquellos espacios y decisiones fue potenciar el trabajo colectivo sobre la problemática de la docencia universitaria; recuperar el debate y la reflexión conjunta de todos los actores involucrados. En cuanto a los trayectos formativos y las acciones que se desarrollaron, tuvieron como común denominador a la transformación de las prácticas docentes, un cambio real y sostenido en el tiempo, que recuperase el sentido y la direccionalidad de estas prácticas, enmarcado en un compromiso auténtico.  Implicó entender la formación como una tarea abierta y colectiva de amplia participación, que hiciera viable el triángulo estratégico formación-investigacióninnovación.  Fue así que también en el año 1992 nació la primera convocatoria a Proyectos Pedagógicos Innovadores (PPI) que marcó el inicio de un programa institucional de apoyo a las innovaciones y mejora de la enseñanza, que se ha mantenido en el tiempo (actuales PIIMEG).

En tal sentido, nos parece destacable señalar que, como corolario de la diversidad de acciones, talleres y seminarios de formación pedagógica que se venían implementando, en el año 1994 se llevó adelante el Primer Curso de Posgrado Regional en Docencia Universitaria, que fue la antesala de la Especialización en Docencia Universitaria (1996-2003), que hoy se renueva en la Especialización en Docencia en Educación Superior (2019 -continúa).

Aquí me parece muy importante señalar que la apuesta a la formación docente, a la reflexión crítica sobre las prácticas, a la innovación pedagógica e investigación educativa ha marcado un camino donde la Universidad Nacional de Río Cuarto ha sido pionera, y donde la Facultad de Ciencias Humanas a través de programas y proyectos y en especial, el Departamento de Ciencias de la Educación ha sido un pilar fundamental, con una fuerte presencia de sus docentes, estudiantes y graduados en los proyectos y en las políticas institucionales.

Lo pedagógico se convirtió, gracias al trabajo generoso de tantos compañeros y compañeras, en un territorio para habitar y de puertas abiertas, de tender puentes, de no hacer de nuestros saberes un lugar abstracto o cerrado; un territorio de diálogo con las otras ciencias y campos académicos y profesionales de la universidad y de otras instituciones educativas.

Finalmente quiero cerrar este escrito recordando que de un tiempo -la década de los 90- donde “nos quisimos volver ricos”, “se privatizó todo lo que se pudo”, donde ganó la bronca y el grito “que se vayan todos”, en la UNRC pudimos construir sentidos alternativos y de resistencia.

Quiero pensar que fuimos capaces de resignificar aquel nefasto “corralito” en un nuevo y muy distinto “corralito afectivo y contenedor”, donde nos podamos reunir al abrigo de las buenas experiencias para seguir compartiendo sueños y utopías, memoria crítica y construcción colectiva.

Por ello, aunque la cultura heredada esté llena de contradicciones hay poderosas experiencias que es necesario y posible recuperar. Precisamente, la posibilidad de que los universitarios nos configuremos como un actor social significativo, radica en buena parte en recuperar la experiencia acumulada.

Pensar el 2001: las disputas inconclusas

Por: Claudio César Acosta
Profesor del Departamento de Educación Inicial  

Reflexionar sobre los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre del 2001, es abrir nuestra bitácora de memoria, es transitar por las voces, rostros e imágenes de aquel diciembre tumultuoso y trágico. Es mencionar y revivir, en primera persona, la brutal represión expandida en todo el país; es aludir y poner en palabra la persecución feroz de los aparatos represivos del Estado que, con increíble violencia, sometieron a vejaciones, apremios ilegales a la rebeldía en las calles. Treinta y nueve asesinatos fue parte del corolario de prácticamente 30 años de políticas neoliberales-neoconservadoras en nuestro país; debacle que mostraba la cara más terrible y dolorosa de la globalización capitalista que hegemonizó en los 90 en Argentina.

Dar cuenta de la crisis es advertir que la misma había empezado mucho antes, es retrotraernos al Terrorismo de Estado y su política de exterminio, es subrayar sobre la imposición de las políticas de liberalización de la economía, es señalar el plan sistemático de despojo para la cimentación de un sistema económico y social de miseria, tal cual lo presagiaba Rodolfo Walsh en su carta abierta a la junta militar. A partir de ese momento y posteriormente, en los noventa, con una consolidada hegemonía neoliberal, las consecuencias y gravedad de tales matrices mercado-céntricas (Emerich, 2001) encontrarán su expresión más acabada en la potente e impactante metáfora de Goran Therborn (2015) de campos de Exterminio de la desigualdad. Para dar cuenta de los sucesos del 2001, es necesario describir los diferentes procesos que se fueron ramificando y profundizando y que redundará en un gran deterioro de la vida social de vastos sectores sociales: desindustrialización selectiva (industrialicidio, desestructuración del modelo ISI); destrucción de los puestos de trabajo en el ámbito estatal (desguace y privatización de las empresas  del estado) y privado;  aumento de la tasa de desocupación, subocupación y precarización del mundo laboral (desregulación del mundo del trabajo); procesos de polarización social (aumento de la pauperización, indigencia, pobreza y de la desigualdad social); conformación de una sociedad excluyente ( Svampa, Maristela, 2005); en este sentido es importante decir, que tanto el campo educativo y las infancias no quedarán exenta de esta geografía del espanto. Sobre este devenir histórico se fue montando el paisaje desolador que irrumpió en el 2001 en nuestro país.

Evocar la crisis económica, social y de representación del 2001 (Pousadela, 2006) es una forma de habilitar y revisitar reflexiones y abordajes que intentaron comprender aquel escenario disruptivo.  Algunas miradas parecían sostener que estos sucesos eran un punto de inflexión, de cierre de una etapa de agudas injusticias sociales para así inaugurar tiempos de cambios y de transformaciones profundas para aquellos sectores que habían sido trágicamente azotados por las políticas neoliberales de la etapa anterior. Los procesos y políticas de los llamados gobiernos de nuevo signo, enmarcados en este contexto poscrisis, mostraban intencionalidades de paliar rápidamente los procesos de degradación social de una inmensa población en situación de pauperización social. Lo que vendría o surgiría de la crisis del 2001 parecía ser el rostro de la política, reinventada, recuperada, revalorizada, ahora triunfante a los principios directores de ese “pensamiento único” (Ramonet, 1998) que supo sobrevolar (¿o sobrevuela?) como argumento y justificación doctrinaria del proceso de globalización capitalista, De ahí que el proceso pos-2001, nacido al calor de las luchas, movilizaciones y asambleas, podía entenderse como un nuevo momento donde la sociedad parecía recuperar ese gran instrumento para trasformar sus vidas: la política (Acosta, Claudio, 2021)

Por otro lado, desde un particular razonamiento, Nicolás Casullo (2006) expone de manera contundente y magistral los trazos garabateados de una historia que todavía busca ser descifrada.


 (…) la encrucijada nacida el 19 y 20 de aquel diciembre se asemeja a esos juegos de espejos de los parques de diversiones: es difícil situar dónde el original y dónde sus simulacros e imágenes. Lo que es, de lo que se pensó que era. La verdad de sus apariencias (…)  después del 2001, grandes contingentes reaparecieron socialmente, sindicalmente, y desde infinidad de márgenes, con un reposicionamiento de viejos motivos (…) En esa ambigüedad propia de los mundos de masas del tardo capitalismo, en esta ambivalencia del “que se vayan todos”, coagula y flota un tiempo de muy difícil interpretación, pero que diáfanamente pone en evidencia el conflicto, la necesidad de confrontación democrática, las visibles diferencias de proyectos políticos y económicos, las izquierdas y derechas de un viejo-nuevo relato argentino (Casullo, 20 de diciembre de 2006)[i]


Esta última interpretación daba cuenta que la crisis del 2001 era expresión, también, de ciertos ecos que quedaron flotando en el aire social, portadores de una continuidad histórica profunda, manifestando un sentido político social muy diferente a lo expuesto hasta aquí: era la antipolítica, que también se expresaba en las calles, tenía su grito, su cuerpo y sus voces. La consigna “que se vayan todos…” contenía también las fuerzas conservadoras que, para muchos, creían destruida. Desde nuestro presente (tras 20 años de aquel estallido social que inauguraba el nuevo milenio) podemos decir que ese susurro de la “pospolítica” fue tomando forma hasta corporizarse en la irrupción de un neoliberalismo tardío que en la actualidad sigue teniendo fuerza y legitimidad.

La historia pareció temblar en aquellos días, los cuerpos individuales y colectivos mostraban las marcas horrorosas del despojo sistemático y planificado del neoliberalismo; parecía unificarse una voz plural de…!!!basta!!! a tanto saqueo, a tanto dolor desigual, a tanta deshumanización. Aquellos acontecimientos parecían inaugurar nuevas esperanzas, proyectos, nuevas formas de pensarnos colectivamente. Ahora bien, en la línea reflexiva de Nicolas Casullo, nos advierte que aquellos acontecimientos tumultuosos, de oleajes disruptivos podían asemejarse al juego de los espejos de los parques de diversiones, donde adquiere dificultad situar el original y dónde sus simulacros e imágenes. Recorrer y recuperar nuestra memoria, hechas de retazos, de pedazos de historias, es una tarea vital e imprescindible para pensarnos en caminos, horizontes y utopías plurales, rebeldes y plebeyas. Es reconocer que, de ese oleaje social estremecedor de aquel diciembre del 2001, se bifurcan proyectos emancipadores, grito insurrecto, pero también las fuerzas de un neoliberalismo que se resiste a dejar su lugar de hegemonía y dominación salvaje. El presente que se nos abre, también es encarnadura de aquellos tiempos voraces y confusos del “que se vayan todos…”; alberga, también, resabios de un bloque histórico de poder cuya matriz mercado-céntrica se resiste a ser desmantelada, es decir, una pospolítica[ii] que adquiere corporalidad de proyecto y de relato político social en la actualidad.

En esa tarea atenta y memoriosa transitamos nuestro presente, para ubicarnos como sujetos políticos comprometidos en no olvidar, y para repensar profundamente, desde una memoria viva, lo que fue, lo que inauguró y lo que invisibilizo ese río tumultuoso de fines de diciembre del 2001: nuestra lucha y disputa presente será recoger y materializar lo inconcluso de ese proyecto popular y emancipador que encontró lugar y sentido en aquellos días insurrectos de diciembre del 2001.


[i] Nota de opinión de Casullo, N. (20 de diciembre de 2006). Una historia interminable. Página 12 https://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/18-77985-2006-12-20.html

Nicolás Casullo sostiene:

(…) la comunicación, armada con inteligencia y capacidad de persuasión, apunta al horizonte de una sociedad pasible de ser gobernada sin conflictos, cada uno con su banda ancha, cada uno con su celular. Sin confrontaciones. Sin “anacrónicas” batallas de intereses sociales enfrentados. Donde –excluido del ruedo lo que es política y socialmente indeseable para las normas de una república – puede reinar un consenso permanente entre los muchos votantes que quedaron adentro de la caja, conducidos por una gestión política liberal que hace recordar lo mejor del populismo empresarial menemista.

[ii] Ver nota de opinión de Casullo, N. (5 de junio de 2007). Electores de una pospolítica. Página 12 https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-84552-2007-05-06.html

DOS DÉCADAS DESPUÉS

Por: Ana Carpena
Profesora del Departamento de Lenguas

Dos décadas después continuamos reciclando la crisis del 2001.
Crisis, palabra polisémica y un fenómeno complejo. Los argentinos vivimos en crisis, la reciclamos, la transformamos.
Asimismo, crisis como complejidad implica también la posibilidad de análisis y aprendizaje. ¿Aprendemos?
La Argentina de 2001 no es más que un reflejo exacerbado de nuestros días: crisis económica, crisis social, crisis política, crisis institucional, pero sobre todo vivimos inmersos en una crisis de valores: respeto, tolerancia, inclusión, responsabilidad social y civil. Ausentes. ¿Con aviso?
La variable constante de estas dos décadas es el intento desmedido de restablecer una democracia plena de derechos y obligaciones -porque donde nace una necesidad no nace precisamente un derecho, sino que todo derecho implica una obligación- y en cuyo seno todos desde nuestros roles nos juguemos a construir. No para el futuro. Para hoy, para ya.
“Que se vayan todos”. Y si se van todos: ¿Quién queda? Insistiendo en nuestra crisis de valores sería más que utópico – la utopía es la esperanza en plazo fijo- imaginar una Argentina anárquica. Pseudoanárquica. Imposible: siempre hay alguien que tiene la sartén por el mango.
Intentar sostener un estatus quo que a todas luces prometía un derrumbe que con los ojos vendados de la Justicia se empeñaron en no ver.
¿Qué secuelas nos dejó el 2001? La negación de reformar la economía: ni apertura ni reforma del mercado sino un Estado pantagruélico con el consecutivo aumento del gasto público como política de ampliación de derechos, como política de protección ¿social? y miedo cuasi aterrador a repetir la historia: nunca más políticas deflacionarias -la inflación interanual del 52% es la comprobación de la hipótesis-.
Sin embargo, hay algo que debe ser rescatado del 2001, y es sin duda alguna la confirmación de la fortaleza de la democracia argentina, pese a todas las falencias y problemas, ensayos y errores.
¿Nos habrá llegado nuestro 2001?
Dejo la pregunta abierta, porque en Argentina “We’ll always have Paris

“20 de diciembre: el estallido”
Producción: Roman Lejtman

Fragmentos del 2001

Por: Guillermo Ricca
Profesor del Departamento de Filosofía.

La cartografía del hambre y del desempleo en la Argentina de mediados de los años noventa avanzaba a paso nietzscheano: el desierto crece. En la mediana ciudad en la que vivo, ya a fines de los noventa se reproduce cada noche una escena siniestra: niños o familias hurgando la basura de los bares o restaurantes, para encontrar algo de comida. De día el desempleo, de noche la minería de un resto de comida en la basura de los bares del centro. Si la cartografía del hambre era más o menos homogénea en todo el país, menos quizás en aquellos lugares donde la organización de la lucha social era más intensa, el mapa de la protesta era, inversamente disperso en el territorio nacional.
Ignacio Lewkowitz había llamado la atención sobre un hecho inadvertido que fue a parar, nada menos que la constitución del noventa y cuatro. La figura del consumidor adquiere rango constitucional y se proclaman sus derechos, a la par de los derechos sociales. La figura del ahorrista damnificado por el corralito es la detonación de la constitución del pacto de olivos. Llamativo: vivimos aun bajo esa constitución estallada. Lo que no es llamativo es que el estallido social de fines de diciembre de 2001 no haya afectado de igual modo el orden político, más allá del episódico “que se vayan todos” y la seguidilla de personajes de Capusotto que se probaron la banda presidencial por unos días. La figura constitucional que consagra los derechos de los consumidores sigue allí. Las nudas vidas destruidas por la segunda década neoliberal y asesinadas bajo el estado de sitio no encuentran superficie de inscripción en el ámbito de lo instituido, del orden que sigue su curso. Milagro Sala está presa. La constitución no fue reformada.
En la medida en que la clase media nunca pone en cuestión el régimen de acumulación y de propiedad, la consigna “piquete y cacerola la lucha es una sola” se revela como falsa, como toda reducción a lo uno. La cacerola de la ahorrocracia tiene como condición el piquete del hambre y de la exclusión, su subsunción o subalternización a la espera de tiempos mejores o de mayores derrames del excedente. Las vidas de los pobres y excluidos no son duelables como los dólares atrapados en el corralito de Domingo Cavallo De La Rúa. Si, durante muchas décadas este país estuvo en Ezeiza del setenta y tres—y, en algún sentido, aún sigue ahí—también puede decirse que aun deambula perdido por los senderos de bosque de la quinta de Olivos donde se cocinó el pacto que divide entre las vidas a hacer vivir y aquellas que pueden ser desechadas, sin que nadie las llore.
Una anécdota. Fuera de Buenos Aires no sólo todo queda lejos en el espacio, también en el tiempo. Vi las revueltas en Buenos Aires, a miles de kilómetros de distancia, por televisión. Vi como Melconián le decía a Rosario Lufrano que el ministro Cavallo estaba fuerte y que el megacanje era una muy buena medida, mientras la policía y la infantería reprimían a los manifestantes y una multitud resistía el estado de sitio. En mi ciudad no pasaba nada. Estábamos expectantes de lo que sucedía en la lejana ciudad puerto. Dos años y medio después la mecha se encendió en mi mediana ciudad por un conflicto docente que duró más de un año y alineó otras demandas insatisfechas que lanzaron a un pueblo a las calles. Fue como una réplica, de esas que suceden después del epicentro. Creo que esto algo dice sobre las cartografías de la política, algo que sería preciso indagar para construir más democracia. 

“Memorias del saqueo” 
Pino Solanas
Argentina – 2004

Interpelación

Por: Damián Antúnez
Profesor de los Departamentos
de Historia y Ciencias de la comunicación.

“Memorias del saqueo” 
Pino Solanas
Argentina – 2004

La miro, me mira… nos miramos, aunque lo hacemos desde planos y períodos históricos distintos. Aquella nena, una nadie, diría Galeano, una sin nadie, se me ocurre, mira con esos profundos ojos negros y en plena crisis argentina de 2001 a ese fotógrafo que la retrata para la posteridad. Así, en una suerte de interpelación, resulta difícil imaginarse lo que está pensando en ese preciso instante: “-che, ¿qué me mirás?” La pregunta no es banal, como tampoco lo son las respuestas. La miro y me mira. Se trata de una niña que apenas rondará los 5 años, sentada en el suelo, descalza y a punto de comer un plato de sopa. Digo a punto porque la cuchara está aún tan limpia como su alma, como su inocencia. Claro, una limpieza que se empeña en contrastar, por ejemplo, el nombre de uno de los comedores sociales más populares de aquella época, pienso en Los Carasucias de Mónica Carranza. Y cuando pienso en los carasucias me interpelan también una pléyade de sin nadies como si éstos revelaran el terror de encontrarse entre Escila y Caribdis.

El año 2001 irrumpe en Argentina con la fuerza de un huracán que acabará por arrasar con aquel orden social, económico y cultural erigido de forma ex-profesa desde la crisis de 1975 (con el estallido del Rodrigazo), auténtica antesala del golpe cívico-militar-eclesial del 24 de marzo de 1976 y que la recuperada democracia de diciembre de 1983 acabó por hacerlo propio. Ese 2001, como se dice comúnmente, fue mucho 2001. El ciclón tuvo su preámbulo con la agudización de la crisis económica al son de un ajuste brutal que adquiere la temible forma de monstruos mitológicos en los ex ministros de Economía, Ricardo López Murphy (5 al 20 de marzo de 2001) y Domingo Cavallo (20 de marzo al 19 de diciembre de 2001). Sí, Cavallo, aquel que retornara como el ave fénix a velar por su creación más preciada, la convertibilidad monetaria en vigor desde 1992 y que en ese año 2001 impusiera la rebaja del 13% del salario nominal de los empleados públicos nacionales y, como antesala del estallido decembrista, la prohibición para extraer efectivo de los depósitos bancarios más allá de la suma de los 250 pesos/dólares. Unas escenas que, en términos cinematográficos, remiten a una secuencia que nos lleva a la sanción de la ley de “flexibilización laboral”, la “banelco”, las coimas en el Senado y la consecuente renuncia del vicepresidente de la Nación Carlos Chacho Álvarez, el 6 de octubre de 2000. En síntesis, frente a un presidente De la Rúa con su coalición política quebrada a menos de un año de mandato y una aguda recesión económica que arrastraba el país desde el último bienio del gobierno anterior, tomaba forma una crisis política que aceleraba los tiempos del estallido. Al son de unos niveles de desempleo, pobreza e indigencia que hacían saltar las alarmas de un sistema político que no atinaba siquiera a aplicar medidas paliativas básicas, desde el poder, desde el establishment, se hablaba de la “bomba de relojería” de la convertibilidad; pero ya en ese entonces, no era posible distinguir entre crisis política y crisis económica.

Parecía que todo era cuestión de tiempo. Pero, ¿de qué tiempo?… ¿Cuál era la escala del tiempo? En circunstancias como las de Argentina, entre el 14 de octubre de 2001 -cuando la Alianza gobernante UCR-FREPASO era drásticamente derrotada en las elecciones de renovación legislativa- y los fatídicos 19 y 20 de diciembre de ese mismo año resulta difícil hacerse con una escala temporal. En rigor de verdad, conviven distintos tiempos, con distintas aceleraciones. Lo personal, siempre político, se vuelve uno con lo público, llamémosle, con lo ciudadano. El 30 de noviembre, la prensa hacía alusión a que se anunciarían restricciones para extraer más de 1.000 pesos/dólares de los bancos. Así, el día 3 de diciembre se instaura el denominado “corralito”, pero ahora el límite de extracción ya no sería 1000 sino de 250 pesos/dólares. Entonces la escena final, el apocalipsis económico, político y social podía vislumbrarse con nitidez. Una hecatombe que tomaría forma de explosión social. “Se viene el estallido”, ya lo anticipaba, de forma premonitoria, la popular canción de la Bersuit Vergarabat. Las sugerencias tanto en el oficialismo como en la oposición para que el presidente despidiera al ministro Cavallo y rectificara la política económica se volvieron ruegos, presiones y exigencias traspasar la segunda quincena de diciembre, cuando el estallido social por la vía de asaltos a supermercados hacía su entrada triunfal en lo que hoy llamamos área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) Las primeras movilizaciones y cacerolazos masivos exigiendo la renuncia de Cavallo hacia la tarde/noche del 19 de diciembre constituyen el primer triunfo de la revuelta popular, cuando todas las cadenas de televisión confirmaban la salida del gobierno del asediado funcionario. 

No obstante, un tambaleante presidente De la Rúa entendió que el único poder que le restaba era el de su condición de jefe supremo de las FFAA y optó por la represión a cualquier costo, dejando en suspenso las garantías constitucionales al decretar el Estado de Sitio.  Y entonces sí, el 19 se convirtió en 20 de diciembre y estalló la furia colectiva al calor del “que se vayan todos”. Lo que sucedió en esa histórica y trágica jornada no podría sintetizarse siquiera en las 39 víctimas fatales asesinadas por las fuerzas de seguridad. La oposición peronista rechazó la convocatoria al diálogo para conformar un gobierno de “unidad nacional” que “con toda generosidad y amplitud” le ofreciera el presidente. Desde el peronismo, que contaba con mayoría parlamentaria en ambas cámaras, prefirieron que el gobierno se “cociera en su propia salsa”… (Uy, esa frase me recuerda a otra tragedia, también antesala de lo peor, allá por febrero de 1974, cuando el entonces presidente Perón prefirió que el gobierno provincial de Obregón Cano y el conflicto político cordobés sellado con el levantamiento policial del Tte. Cnel. (RE) Navarro que secuestrara al gobernador, vice-gobernador, ministros y legisladores se “cociera en su propia salsa”.) Pero la salsa devino lava, de modo que la salida de la Casa Rosada del renunciante presidente a las 19:52 de la tarde del 20 de diciembre de 2001 se produjo en otro emblemático helicóptero que, como aquel de la todavía presidenta Isabel a las 0:40 de ese fatídico 24 de marzo de 1976, también tuvo que partir de la terraza del edificio presidencial, aún a costa de poner en riesgo la seguridad del edificio dado que la policía federal asignada a la custodia presidencial no podía garantizarle la seguridad para atravesar los cien metros que distan entre la salida de la Casa Rosada y el helipuerto contiguo. Lo que sigue, es bien conocido; en lo económico, ruptura de la convertibilidad, devaluación brutal del peso y cesación de pagos internacionales (default), en otras palabras, devastación, caos económico y miseria extrema; en lo político, la sucesión de cuatro presidentes en quince días y la consecuente implosión del sistema político. Pero a no confundirse, antes bien se trataba de un orden social, económico y político que estallaba por los aires.

No es necesario insistir con algo inscripto de forma indeleble en la memoria colectiva de los argentinos que hoy cuentan con no menos de cuarenta años: El 2001 fue y es un ícono y un símbolo a la vez que da cuenta de un punto de inflexión histórica. Lo que sigue es lo que en la terminología bélica se entiende como posguerra, donde el hambre, las necesidades, las angustias y las desesperanzas se vuelven aún, si cabe, más agudas. Fueron tiempos aciagos para la Argentina, al compás de una crisis que día a día desplegaba sus efectos más despiadados, en particular y con especial saña, contra los más vulnerables y necesitados. Fueron tiempos de desnudez, de desamparo, de cruda injusticia social. El pueblo argentino en su inmensa mayoría sufrió los estragos de una crisis fabricada por unos gobiernos empeñados en seguir ciegamente las directrices del FMI, sus propuestas de Planes de Ajustes Estructurales y sus dogmas mesiánico-neoliberales. Ahora bien, en medio de tal vorágine, cabe preguntarnos: ¿qué había sucedido realmente con la Argentina? Digamos que la res política perdió el rumbo, se escindió del pueblo y se subordinó a los mandatos de la res económica, la de los poderosos, para dejarnos entrampados en el lodo de la miseria, de la devastación, de la desnutrición infantil, del hambre, del desempleo, del descalabro institucional, del pornográfico enriquecimiento de unos pocos; en síntesis, del saqueo despiadado de un país, en particular, de aquel país de los nadie. La fractura social se convirtió en la marca identitaria de un país saqueado, la desesperanza se apoderó de nuestras almas y la pobreza se hizo carne entre nosotros. Tomó el rostro del vecino, del amigo, del compañero, del abuelo, de la madre, del desocupado…

Pero los nadies suelen ser invencibles en sus sufrimientos, ya curtidos en tantas partidas. Será por eso que las esperanzas nunca mueren, como tampoco murieron las del pueblo argentino, las de ese pueblo trabajador, las de ese pueblo luchador. Sólo una cosa más. Aunque dos décadas más tarde esta nena quizás haya dejado de ser una de esas tantas nadie de aquellas tristes jornadas, aún hoy en día no ha cesado el relevo. Digámoslo alto y claro: no podremos dormir en paz hasta que el último nadie deje de serlo y no exista quien ocupe su lugar.

 

 

La EF aprendiendo a jugar-sela

Por: Guillermo Ossana y Fernando Aguilar Mansilla
Profesores del Departamento de Educación Física

Recordar el 2001 nos lleva a imágenes de cuerpos durmiendo en la calle. Pobreza visibilizada en primera plana. Corridas no para bajar de peso, sino para la sobrevivencia. Cuerpos marchando juntos. Cuerpos de la clase trabajadora en la que reinaba la solidaridad y la cooperación. Cuerpos siendo blancos de disparos de la policía. Cuerpos de niños y niñas que no querían salir a jugar a la vereda. El 2001 lo recordamos como la máxima expresión salvaje del sistema capitalista, en su modelo neoliberal, pero, ¿qué juego jugó la Educación Física en este campo de disputa socio-política?
A 20 años rebobinamos y nos encontramos un grupos de profes dolidos corporalmente por lo que estaba ocurriendo, y en ello nuestra pregunta constante ¿La Educación Física podrá hacer algún aporte a la clase trabajadora? ¿Podremos contribuir a los procesos de organización social y sumarnos a la resistencia social?
Claro que no eran preguntas fáciles de abordar, pero en aquel momento teníamos la certeza de que teníamos que poner los pies en el barro, siendo conscientes que, como tantos otros trabajadores, se pulverizaban mucho de nuestros Derechos.
Recordamos que en aquel momento, generamos un Proyecto de Extensión Universitaria entre docentes y estudiantes denominado “El Club Escolar”, -funcionando a contraturno en el IPEM 314-, con la intención de que los jóvenes del barrio estuvieran cobijados por el colegio, bajo el sentido social de la idea de Club, como lugar de encuentro para el desarrollo de lo colectivo.
En aquel momento nos animamos a pensar prácticas corporales contra-hegemónicas, como las prácticas circenses, deportes alternativos, juegos de los pueblos originarios, juegos cooperativos, entre otras, como una posibilidad más de resignificar nuestras prácticas de intervención sobre los cuerpos de quienes concurrían semanalmente al Club Escolar.
Otra de las estrategias que en aquel momento tuvimos, fue convocar a graduados y fundar la Asociación de Profesores de Educación Física de Río Cuarto (APEF), a raíz de visibilizar como la lógica mercantilista, y aumento de la precarización laboral, se llevaba puesto nuestras condiciones de trabajo y un campo laboral cada vez más fragmentado, con más niños y niñas probes en las calles y menos horas en las escuelas, desvalorizando todas aquellas áreas de conocimiento que no fueran funcionales a las demandas del “primer mundo”. Desde el APEF empezamos articular y generar actividades en la que nos permitiera encontrarnos, discutir, informarnos y aprender de nosotros mismos.
Este proceso permitió una articulación con un movimiento denominado “Asamblea Nacional de Educación Física”, que tuvo como sede la UNRC. Ésta tenía como intención, generar debate y análisis desde una perspectiva crítica, incipiente para la Educación Física en aquel momento.
Algunas de las acciones de este movimiento fueron cuestionar a los representantes académicos, empresarios, que seguían oxigenando y lucrando con una Educación Física que se adaptaba a las demandas neoliberales. En aquel momento, era todo un desafío que nos llevaba a discusiones en jornadas académicas, publicaciones y la primera clase pública y movilización de Educación Física en Río Cuarto. 

Clase pública frente al Palacio municipal, en el marco de la Asamblea Nacional de Educación Física

Cuando recordamos el 2001, aprendimos que esta crisis no señalaba el fin del capitalismo, aprendimos que tenemos que seguir discutiendo qué Educación Física queremos y organizándonos como parte del pueblo. Sabemos que no es tarea sencilla, pero tenemos el pleno convencimiento de que hay que seguir poniendo los cuerpos, y que la forma de vislumbrar otro mundo posible en los que quepan muchos mundos será generando organización.
Aprendimos que la Educación Física tiene que seguir vinculada con el pueblo, con el compromiso de estar atentos a los intereses de los más vulnerados. Por eso, desde el 2001 seguimos apostando desde la formación docente inicial al trabajo en vinculación con la comunidad de manera solidaria y cooperativa. Aprendimos, aprendemos y seguiremos aprendiendo a jugar, para jugárnosla a construir un mundo donde nadie se quede sin jugar. 

Juego cooperativo denominado “la catapulta humana” realizada con estudiantes en los barrios en situación de vulnerabilidad social

(Re) pensar la crisis del 2001 en clave geográfica

Por: María de los Ángeles Galfioni y Marina Bustamante
Profesoras del Departamento de Geografía

Los días 19 y 20 de diciembre de 2021 se recuerda el vigésimo aniversario del colapso económico en Argentina, que culminó en fuertes represiones sociales y en una importante convulsión política.
Para comenzar a reflexionar sobre lo acontecido en la historia de nuestro país hace 20 años, nos parece oportuno comenzar por conceptualizar a la crisis desde una perspectiva geográfica, entendiendo que la misma se plantea como un término polisémico según los campos disciplinares que la aborden, así como también según las percepciones y valoraciones que se tengan sobre su impacto: ¿como profundizadora de la inequidad social o como oportunidad de cambio? Podemos tomar como base los aportes de María Laura Silveira -referente teórica de la Geografía Crítica-, quien define a la crisis como el “resquebrajamiento o ruptura de un tipo de organización política, económica y social ante la presencia de variables que actúan como factores-fuerzas que generan el desajuste”. Desde esta perspectiva, la crisis se plantea como sistémica e integrada, es decir, que abarca y articula múltiples dimensiones tales como las económicas, sociales, políticas, culturales, institucionales, ambientales, y cuyo principal escenario son los territorios como producto histórico-social.
Comprender las crisis en clave geográfica involucra considerarla como un evento de gran complejidad que se proyecta a múltiples escalas (local, regional, nacional, trasnacional) tanto en su origen como en su impacto. Asimismo, se requiere considerar una genealogía de la crisis desde su momento de gestación al de maduración y de desencadenamiento, atendiendo en este último momento a los actores sociales involucrados, sus posiciones, intereses y las acciones colectivas puestas en marcha como modalidad de expresión de descontento.
Según Julián Zícari, en su libro “Crisis económicas argentinas: de Mitre a Macri”, entre 1860 y 2020 hubo un total de 16 crisis económicas, lo que en promedio sería una crisis cada 10 años, recurrencia que se vio intensificada desde 1975 hasta la actualidad. Si bien dichos desajustes han respondido a diferentes factores-fuerzas y el origen de los mismos se ha proyectado a múltiples escalas, el común denominador ha sido siempre la restricción externa de divisas, lo que denota la alta dependencia que ha tenido y tiene nuestro país de los vaivenes económicos de los países hegemónicos. De esta manera, se puede dilucidar que las crisis económicas de nuestro país han estado vinculadas generalmente a cuestiones financieras, y que si bien su impacto negativo se ha reflejado en todas las esferas de la vida social, no todos los actores la han sufrido de la misma manera.
Si bien pareciera que en nuestro país las crisis económicas fueran una constante en el tiempo y que, por tanto, ya deberíamos haber aprendido a convivir con ellas, la del año 2001 constituyó un cimbronazo en las estructuras existentes, provocando un derrumbe social sin precedentes en la historia reciente. 

Para el ´99 la fiesta menemista del consumo ya había terminado, y comenzaba así el fin de un largo período de decadencia nacional cimentada en el fundamentalismo neoliberal. Meses más tarde, el sistema bancario y financiero basado en la convertibilidad -a partir de un tipo de cambio artificialmente sostenido con endeudamiento externo- colapsaba, arrastrando a la economía en su conjunto.

Muchos -y de larga data- fueron los factores que desembocaron en el fatídico estallido de diciembre de 2001, y con ello en el quiebre de la institucionalidad. Las consecuencias, por su parte, fueron de distinta índole y afectaron al grueso de la población nacional, que vio sacudido su posición de equilibrio en la sociedad y, en muchos casos, degradadas sus posibilidades reales y simbólicas de sobrevivencia. El desencanto en la clase política dirigente y la angustiante incertidumbre por el futuro inmediato detonaron un estallido social sin precedentes que se extendió, con distinta virulencia, por todo el país durante varias semanas.
En la capital del país, punto inicial de las revueltas, se concentraron las protestas con el lema “que se vayan todos”. Lema que muestra, de manera descarnada, el hartazgo y el descreimiento en las instituciones del Estado.
Los días 19 y 20 de diciembre fueron los de mayor violencia, con huelgas generales y numerosas y multitudinarias manifestaciones populares, que culminaron en lo que se dio en llamar “la Masacre de Plaza de Mayo”, con un saldo de 39 personas muertas, y con la huida del entonces presidente De la Rúa en helicóptero, en una imagen que quedaría grabada en la memoria de todos los argentinos.
A escala local, en nuestra ciudad el descontento se tradujo, semanas más tarde, en aislados intentos de saqueos a supermercados, movilizaciones al centro de la ciudad, escraches a políticos locales y a reparticiones públicas y en cacerolazos varios. Tensión social que fue desactivada con el aumento de la ayuda social municipal.
Demás está decir que esta crisis, al igual que casi todas, tuvo repercusiones desiguales según los distintos estratos de la sociedad. No sólo a la hora de sufrir el derrumbe, sino también en las posibilidades y capacidades -económicas, sociales, culturales, territoriales- para afrontarlo y revertirlo a su favor, poniendo de manifiesto la marcada e histórica asimetría existente entre los argentinos.
En este sentido, la crisis del 2001 impactó a diferentes ritmos temporales a escala nacional con las particularidades propias de cada territorio, generándose espacios de resistencias como lo fueron los movimientos sociales emergentes, pero también de resiliencia, tales como las fábricas recuperadas, las asambleas barriales, el trueque, que se constituyeron en prácticas alternativas para salir del (des) orden imperante, con un modo de organización socio-económico diferente, con principios fundamentados en la solidaridad, complementariedad, ayuda mutua y trabajo colectivo.
Re-pensar las crisis en clave geográfica implica hablar de un quiebre en las condiciones existentes, ya sean políticas, económicas, institucionales, paradigmáticas, e involucra, por tanto, cambios bruscos y críticos. Todo ello conlleva a una reconfiguración de los territorios, dándoles nuevas formas y contenidos, avivando nuevas voces dentro de ellos y adormeciendo otras tantas. Pues las crisis son oportunidades para unos pocos y el alejamiento de una sociedad más justa y equitativa para muchos que aún hoy siguen en pie de lucha.

Plaza de Mayo, 19 de diciembre de 2001.
Foto: Pepe Mateos

Las ruedas están girando…¿O no?

Por: Hugo Daniel Aguilar
Profesor del Departamento de Letras.

La memoria colectiva se construye con retazos, imágenes, sonidos, sensaciones y hechos que antes son individuales y luego, a veces, adquieren voz y palabra para salir del olvido. Todo funcionaba mal en el gobierno de la Alianza. A la inutilidad del Presidente De La Rúa se sumó la soledad en que lo dejó la renuncia de su Vice Presidente Carlos “Chacho” Álvarez el 6 de octubre del 2000. El diseño de la Alianza respondía a un único principio, evitar que cualquier cosa que oliera a Peronismo tuviese chances de volver a ganar una elección. Y funcionó. Durante la campaña de 1999 que enfrentó a Eduardo Duhalde y Fernando De La Rúa se escribió y presentó un TFL de la Licenciatura en Lengua y Literatura del Departamento de Lengua y Literatura (que hoy inexplicablemente se denomina Departamento de Letras) de la Facultad de Ciencias Humanas, donde su autora, la Lic. María Inés Gallardo anticipaba el resultado. El trabajo de Análisis del Discurso analizaba entre otras cosas los destinatarios de los discursos de los dos candidatos principales y afirmaba que Duhalde apuntaba sólo a consolidar el voto peronista de la Provincia de Buenos Aires (como lo hizo recientemente el actual Gobierno Nacional) a partir de la idea errónea de que los números lo favorecerían. En cambio, De La Rúa apuntaba a un destinatario más amplio y general y además, hablaba como si ya fuese el Presidente electo por todos. La estrategia comunicacional funcionó. Pero ganar una elección no garantiza que se sepa, se pueda o se quiera gobernar para el pueblo. Y así, el nuevo gobierno licuó rápidamente el poder otorgado por las urnas. Y nunca estuvo en posición de poder revertir el tobogán de horrores que derivaron en las oscuras fechas del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Ese miércoles 19 de diciembre con mis compañeros tomamos exámenes desde la mañana hasta casi la hora 20. Era tanta la gente que se había presentado que sólo nos dio tiempo para detenernos un segundo para un café y seguir. El mundo transcurría por sus canales habituales, pero no lo sabíamos. Hartos y cansados comenzamos el regreso a casa. Esa noche San Lorenzo jugaba el partido de vuelta de la final de la Copa Mercosur. Volvimos en silencio. Sin prender la radio del auto. Y sin los celulares que abundan hoy, que son menos teléfonos que robots multimedia, cerca de la hora del partido, lo empezamos a buscar en la radio. No apareció ninguna transmisión. Supusimos que se había suspendido. Cuando entramos en la ciudad, nos recibió una extraña calma, una soledad de película de ciencia ficción que aunque no lo supiéramos anticipaba lo que vendría. Y a medida que nos fuimos despidiendo, nos despedimos también del mundo tal como lo habíamos conocido. La historia se había puesto en marcha otra vez. Y nadie nos avisó.
Recién cuando llegué a mi casa entendí la razón del silencio de muerte que inundaba las calles. El televisor mostraba sin piedad las imágenes de la tarde, la carga de la Caballería Montada sobre la multitud, las piedras, el fuego, la incesante muerte que recorría otra vez los caminos del país. Y también la decisión absurda de la presidencia de decretar el Estado de Sitio en medio del caos, que fue como intentar apagar el fuego con Napalm. La violencia se incrementó. La noche quiso ocultar la lucha en las calles, los caídos, la violencia típica del Estado liberal que cumple con su destino manifiesto de represión y de muerte. Pero el fuego siguió iluminándolo todo. Con el día, la batalla callejera, lejos de aplacarse siguió creciendo y antes del final del día 20 la esperada imagen del helicóptero sobre la Casa de Gobierno le daba fin al mandato de otro Presidente radical.
Quedan allí las imágenes, los incontables muertos, el abismo de un futuro sin memoria. Y la certeza de que la sociedad fue capaz en ese preciso momento de decir basta. Lo que siguió fue ese extraño ajedrez que entre cuatro paredes le permitió a Duhalde ser Presidente, como si se tratara de un cargo hereditario y no electivo. Quedó también herido de muerte el sistema democrático, la representación saltó por los aires con las lluvias de piedras, la voluntad popular fue mutilada y el sueño de un futuro mejor para todos se convirtió en un indescifrable laberinto. Y como suele suceder, los responsables de las muertes quedaron impunes. Nunca se hicieron cargo.
Curiosamente, veinte años después, la rueda de la historia parece haber dado una vuelta completa. Y tenemos la sensación de que no avanzamos un centímetro. Como en esas pesadillas recurrentes en las que parece que despertamos pero seguimos dormidos intentando escapar de la pesadilla. Porque las pesadillas tienen eso. Nunca sabemos si estamos al final o al principio de la historia. No estaría mal despertar de una buena vez.

 

El 20 de diciembre del 2001,
el presidente Fernando De La Rua huye en helicóptero
y renuncia como presidente.
Foto: Nicolas Pousthomis

Diagonal Norte.

Mediodía del 20 de diciembre.

Manifestantes se cubren de los gases y la represión.
Foto: Paloma García

El 20 de diciembre del 2001,
el presidente Fernando De La Rua huye en helicóptero
y renuncia como presidente.
Foto: Nicolas Pousthomis

Apuntes sobre el 2001: historia y debates

Por: Mariano Yedro
Profesor del Departamento de Ciencias de la Educación.

Se están por cumplir veinte años del 2001, e intentamos módicamente recordarlo, reflexionarlo. Hoy ese acontecimiento es objeto de discusión porque, en algún punto, aún nos signa. Simbolizó, en parte, el fin de un tiempo fuertemente neoliberal, actualmente en parte reestablecido aunque sin aquélla sólida hegemonía. Un contexto internacional, aquél, signado por la crisis de los socialismos reales – de la cual ya no se recuperarían – y la experiencia de los primeros gobiernos neoliberales de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en los Estados Unidos. Nacía una nueva etapa del capitalismo, el neoliberalismo.

En ese contexto Estados Unidos desplegó una serie de recomendaciones para Latinoamérica, conocidas como El Consenso de Washington, que significaron la aplicación de un recetario de libremercado. En la Argentina ciertas condiciones internas hacían posible su desarrollo. El terrorismo de Estado de 1976 había desplegado una estrategia de represión y desaparición de personas con la finalidad de instaurar un nuevo régimen de acumulación sobre las ruinas del viejo Estado de Bienestar, “achicar el Estado es agrandar la nación” decía el cerebro económico de la ortodoxia liberal, Martínez de Hoz. El paso siguiente lo dio el propio peronismo en su transfiguración o metamorfosis menemista clave para materializar en lo que quedaba de la pampa fabril los dictámenes de la potencia del norte. Una vieja nueva clase dominante donde confluía lo agroexportador, lo especulativo y lo transnacional difundió mediáticamente el nuevo sentido común. Sin embargo, bajo la utopía modernizadora y el ideal del primer mundo se gestó la destrucción de la comunidad organizada: el fin de las empresas estatales públicas – las joyas de la abuela -, la destrucción de la industria nacional y un endeudamiento a gran escala. El gobierno de la Alianza asumiría en 1999 la presidencia del país continuando las nuevas formas neoliberales de opresión. Sobre un país desagarrado una política económica – el Corralito – desató la furia en diciembre del 2001 que terminó con una fuerte represión social y con un presidente que salió en helicóptero por los techos de la Casa Rosada.
Pero ¿Qué significó ese estallido del 2001? ¿Qué ese canto del “Piquete y cacerola la lucha es una sola”? ¿Qué ese “Que se vayan todos”? ¿Qué carácter tenía el movimiento piquetero, el movimiento popular? ¿Qué carácter tenía la clase media? El acontecimiento abrió un sinfín de hermenéuticas. Para la izquierda tradicional el movimiento obrero se había radicalizado alcanzando niveles de conciencia socialista. 

Para la nueva izquierda los movimientos piqueteros y de desocupados eran la expresión de un nuevo imaginario anticapitalista –algunas voces propusieron que era posible vincularlo a la nueva sensibilidad zapatista-. Para cierta sensibilidad nacional y popular los movimientos sociales y el sindicalismo opositor expresaban el viejo anhelo de un Estado de Bienestar, una antigua sensibilidad popular peronista de vieja memoria ahora repuesta. Como expresó el líder social Luis D´Elia sobre las razones del levantamiento del 2001 “Porque en la Argentina opera el recuerdo de los años felices. Soy hijo de una familia peronista, y en este país alguna vez fuimos felices. En una sociedad dual, eso no se percibe, pero acá se nota y con mucha fuerza”.

Por otro lado, respecto a la clase media también se discutió su carácter. ¿Podía contener la clase media de las ciudades cierta fuerza emancipatoria que la acoplase a un proyecto nacional? Decía por aquéllos días Horacio González no sin un dejo de optimismo, “la cacerola, ese símbolo interno del hogar, confuso depositario de un lenguaje de la carencia, apto para matronas de derecha y pequeños comerciantes porteños coléricos, ícono también de la hábil arrogancia del hedonismo, ¿puede señalar un trazo de reflexión política sobre una nueva democracia, puede balbucear algo sobre el destino renovado de las instituciones públicas del país?”. No era esa la opinión de otra figura activa del campo intelectual, Nicolás Casullo, quien dijo, “Clase media volteadora a ollazo limpio de gobiernos impostores que parecían eternos. Clase media puta, nieta legítima de sus abuelos tanos y gallegos angurrientos de morlacos, dicen. La Argentina únicamente valió si te daba guita, después no existe: así dicen de la pobre clasecita (…) Llama a las revoluciones, pero un plazo fijo la embota”. Debates sobre ese pasado que aún nos signan, ¿qué características nutrieron a ese movimiento popular y a esa clase media que gestaron el 2001?

Las derivas post 2001 pusieron en escena primero al duhaldismo, que puso retenciones al complejo agroexportador, siguió subordinado a los dictámenes del país del norte – Jorge Enea Spilimbergo y Néstor Gorojovsky por aquéllos días consideraron al duhaldismo parte del “Partido Único de la Dependencia” – y culminó con la Masacre de Avellaneda. El horizonte del duhaldismo era Carlos Reutemann, ex piloto de fórmula 1 y gobernador de la provincia de Santa Fe, pero por los azares de la historia declinó su candidatura. Fue allí donde apareció Néstor Kirchner, que en su reivindicación del Estado peronista y la militancia setentera también fue en algún punto fruto del 2001. Pues las crisis son oportunidades para unos pocos y el alejamiento de una sociedad más justa y equitativa para muchos que aún hoy siguen en pie de lucha.

A veinte años de aquel estallido social, invitamos para que miren algunas películas que desarrollan relecturas del lugar, protagonismos y desenvolvimiento histórico de las crisis argentinas, con epicentro en 2001.

MEMORIA DEL SAQUEO de Pino Solanas (Argentina, 2004) - 114 min

LA DEUDA de Gustavo Fontán (Argentina,2019) - 74 min - TRAILER.

ASÍ HABLÓ EL CAMBISTA de Federico Veiroj (Argentina, Uruguay, 2019) - 93min. - TRAILER.

EL TREN BLANCO de Nahuel García, Sheila Pérez Giménez (Argentina, 2003) - 80 min - COMPLETA

BUENA VIDA DELIVERY de Leonardo Di Cesare (Argentina, 2005) - 93min. - COMPLETA

LOS GUANTES MÁGICOS de Martín Rejtman (Argentina, 2003) - 90 min. - COMPLETA

LA CRISIS CAUSO 2 NUEVAS MUERTES (Patricio Escobar y Damián Finvarb, 2006) - TRAILER

ESPEJO PARA CUANDO ME PRUEBE EL SMOKING de Alejandro Fernández Mouján (Argentina, 2005) - 102 min. - COMPLETA

Realizado por:

Equipo de Comunicación Institucional

Marcos Altamirano
José Ignacio Salazar
Javier Toribio

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