Facultad de Ciencias Humanas

¡Te volví a olvidar! Una historia de supervivencia durante el genocidio en Córdoba.

Andenmatten, David (2026). ¡Te volvía olvidar! Una historia de supervivencia durante el genocidio en Córdoba. Buenos Aires: La Tinta.

Este libro es el fruto de toda una vida dedicada al recuerdo, a la lucha, a la búsqueda de justicia y al ejercicio permanente de reflexionar qué había sido, qué había acontecido en los años 70. Y así alcanzar un concepto convincente por un lado y justo por otro, para poder ubicar, en los márgenes de alguna racionalidad posible, las infinitas marcas de la violencia, de la desarticulación de la humanidad en el marco de los aparatos y dispositivos represivos del Estado genocida. Una de las primeras y determinantes expresiones que podemos leer en estas páginas tan apasionantes nos informa que hacía ya muchos años que David Andenmatten sentía la necesidad de escribir, de relatar una experiencia que había marcado profundamente las biografías vivas de quienes asumieron la militancia y luego respiraron el hedor húmedo de las cárceles, y también de quienes partieron al exilio con su conjugado tiempo de pérdidas y esperanzas. Sabe que lo suyo es una contribución a lo que él llama la «memoria de nuestro pueblo», deliberado testimonio de luchas obreras, estudiantiles y populares, y de un hombre que hoy ha logrado comprender las claves de lo que se nombra, tomando como referencia a Daniel Feierstein, como genocidio.

Encuadra su devenir vital y las muertes de sus muertos en esos procesos cuasi permanentes y cotidianos por medio de los cuales el poder se saca de encima a todo y a todos aquellos que osan atentar contra la dinámica sociopolítica y económica dominante, buscando anular la lucha de clases y destruir todo proyecto alternativo imponiendo, tal como sostiene, nuevas formas de pensar, de actuar, de relacionarse, de sentir y ejercer la vida. El libro busca dar respuestas a los interrogantes que David se formuló durante años en un cruce que lo llevó desde lo público a lo privado, y desde la esfera más íntima hacia el costado del contorno histórico por el que los procesos y los acontecimientos dejan de ser individuales para pasar a constituirse en una fenomenología de todos y todas. En ese trayecto largo, arduo, aunque ciertamente iluminado por la memoria, se dedica a revisar el antes, el durante y el después, volviendo una y otra vez a interponer los fundamentos que hacen a su experiencia vivida en plenitud consciente: la lucha del hombre por su libertad, la potencialidad de la solidaridad y la articulación comunitaria, el lugar central otorgado a los amigos y afectos, y la honra a lo vivido.

Es un libro que recorre, siguiendo un orden cronológico, los distintos momentos que David comprende como centrales para poder entrever las vicisitudes de su biografía, desde la infancia hasta la adultez; transitando diferentes espacios y habitando diferentes tiempos antes y después del trauma individual y colectivo que vivieron las sociedades latinoamericanas, particularmente la sociedad argentina, en ocasión de la puesta en marcha del ciclo represivo destinado a poner fin al Estado de bienestar y a las insurgencias populares de los años 60 y 70. Pero, además, quisiera recuperar este texto desde su fuerza sensitiva, desde su innegable cualidad afectiva, en el sentido de leer en el autor, en su autobiografiado, a un hombre que busca expresar sus afectos; al poder volcar, mediante un ejercicio de memoria sensorial directa y transparente, aquello que fue doliéndole en el alma, lo que le causó temores, lo que le suscitó esperanza, lo que habitó en términos de lazo comunitario con sus compañeros, lo que le permitió ser otro constantemente frente a cada desafío que le presentó su existencia.

La urgencia de escribir, en este caso, es una prenda de cambio a los olvidos: los vitales y transitorios que el mismo David tuvo que provocar para poder sobrevivir y los sistemáticos instruidos y dispuestos por el poder en aras de instituir verdades sintéticas, esas que han de instalarse en la memoria colectiva para infundir una desconexión vital con nuestro pasado reciente. A lo largo de las páginas escritas con dedicación documentada y a fuerza de recuerdos que se precipitan, reconoce de qué manera su infancia transcurrió bajo la influencia constante de la Iglesia, cuando la Biblia ocupaba un lugar central en su vida, siendo las Sagradas Escrituras los textos frecuentes en un ejercicio de memorización que inclusive llegó a formar parte de un dispositivo lúdico. En esa infancia había muchas cosas prohibidas, una acentuada disciplina, sobre todo ante los ojos del padre, con penitencias y algunos castigos a los que se sumaban los rituales a cualquier hora. Había que obedecer. A Dios, al padre. Sin embargo, el David de hoy admite que, aunque el pastor y sus padres no lo sabían, resistir a tanta presión en la infancia lo había preparado para la experiencia carcelaria que viviría más tarde.

En esta narración hondamente implicada con las derivas de una vida que se condensa, como ya dije, entre la historia personal y la colectiva, donde la tarea de madurar se sobrellevó en términos de una juventud que, entre razón y pasión, entre proyecto y experimentación, tomaba para sí la tarea de crear una historia revolucionaria, el libro de David puede ser leído en clave de la constelación de espacios y sentidos por los que la memoria atraviesa su periplo inacabable e inasible. Sólo nombraré algunos de los muchos que me resultan oportunos para compartirles en esta breve reseña. Una forma posible de transitar la lectura de este autorretrato colectivo puede hacernos detener, por ejemplo, en el 29 de mayo de 1969, cuando, luego de suspendidas las clases de la escuela secundaria técnica en Bell Ville, David viaja “a dedo” a Córdoba y arriba a una ciudad sitiada por la protesta obrero-estudiantil, que fuera demostración del alto nivel de organización, solidaridad y conciencia política alcanzado por amplios sectores del pueblo. El jovencito todavía no podía saber que se trataba del Cordobazo. Eran los años de su autodescubrimiento y del descubrimiento del mundo ajeno al férreo contorno familiar. En Bell Ville, por primera vez, sentía que la vida le pertenecía, comenzando a apreciar una cierta libertad para la que, según nos comenta, no estaba preparado. Jamás se había imaginado que esos años de secundaria serían, tal como expresa, ciertamente extraordinarios. Los espacios, los hombres y las mujeres implicadas en los recuerdos lo llevan a valorar este trascendental proceso de cambio, una mudanza que a finales de 1972 se aceleraría con su llegada a Río Cuarto.

Calle Brasil al 500, barrio de Banda Norte, Río Cuarto. La Universidad Nacional de Río Cuarto, creada poco más de un año antes, abriría para David un mundo íntegramente nuevo. Pronto descubrió que la política ocupaba un importante espacio en esa vida, al punto tal de atravesarlo todo: las aulas, los pasillos, los bares, las casas de estudiantes como esa de Rivadavia 330 en la que compartió gran parte del tiempo. Según David informa en su libro, la Universidad Nacional de Río Cuarto contaba en 1973 con 3000 estudiantes; las asambleas eran frecuentes y las agrupaciones políticas tenían una actividad intensa. La más importante era la Juventud Universitaria Peronista, y se incorporó a la Agrupación Universitaria de Base. Los sentidos se activan: el murmullo permanente, el olor a cigarrillo, los papeles circulando de mano en mano y las discusiones interminables que culminaban en silbidos o aplausos. Era un joven que, como otras y otros, vivía una rutina intensa que atravesaba los días, las semanas, los meses. La llegada a este campus en bicicleta o en colectivo, la asistencia a clases donde compartía el estudio y largas conversaciones con compañeras y compañeros, muchos de ellos militantes. En paralelo, se reunía semanalmente en alguna casa de estudiantes para discutir la situación política y organizar actividades. No se trata de colorear el paisaje, pero se evocan días marcados por un innegable entusiasmo. 1973: en esa Río Cuarto iluminada por el sol de anhelos compartidos, de afanes colectivos, rápidamente se tendieron lazos que transformaron las vidas estudiantiles en nuevas subjetividades políticas. Por ello David avanzó en involucrarse mucho más en el Peronismo de Base. Tras la muerte de su padre ya no tenía necesidad de fingir; primero Bell Ville y posteriormente Río Cuarto le habían trastocado la conciencia y comenzaba, tal cual él mismo lo enuncia, una nueva vida. En el Peronismo de Base comienza a tratar, a respetar y a querer a compañeras y compañeros extraordinarios que abrazaban la aspiración de construir una patria justa, libre y soberana. Eran estudiantes y trabajadores que en su mayoría dedicaban gran parte de su tiempo libre a la militancia; un grupo humano horizontal y en constante movimiento donde se discutía y aprendía, tratando de interpretar, según señala David, los problemas concretos que enfrentaban los trabajadores, los estudiantes y los vecinos de los barrios populares de Río Cuarto. Allí participaba tanto en el frente sindical como en el universitario, ya que era además trabajador nodocente de la universidad en el comedor estudiantil.

Berta. Hay un dolor y un amor espectrales que no se ausentan de ninguna página de este libro. En el David de la juventud y en el David maduro del absoluto hoy, Berta Perassi constituye una razón, un ethos, un desasosiego y una calma. Es también la Verdad. La vio por primera vez en una reunión del Peronismo de Base. Recuerda que ella había llegado a Río Cuarto en 1973 para estudiar Ciencias de la Educación. Esa mujer lo impresionó desde el primer momento al observar su personalidad firme y segura, su belleza inteligente y su compromiso. Apasionada, participaba en campañas de alfabetización para adultos, trabajo en el que creía profundamente y al que dedicaba tiempo y afecto. Según David, Berta era muy observadora, sabía escuchar y aprendía. Entendía cuándo era necesario volver a empezar y jamás claudicar. Tras una apresurada despedida de Río Cuarto, se reencontraron finalmente en Córdoba y juntos vivieron una breve pero intensa historia de amor atravesada por la clandestinidad y la represión. Se trató de un encuentro que lo acompañaría durante el resto de su vida, de una conmoción que le impidió e impide conciliar el sueño, y también volver a olvidar. Uno de los enunciados más conmovedores que uno puede rescatar de este extenso e importante relato de David tiene que ver con un interludio en el cual le pide a Berta, a su amiga, su compañera y amor, que lo absuelva:

«Disculpame Berta estoy seguro de que me vas a entender en realidad nunca te olvidé y no te olvidaré jamás. Pero ante ese salvaje [se refiere al represor Miguel Ángel “Gato” Gómez] no me convenía reconocer que te conocía. Eso me persiguió toda la vida. En realidad, hice lo mismo que vos cuando te secuestraron y te torturaron. Ahora sé que si les hubieras hablado de mí hoy no podría escribirte. Me habían sacado de la celda y me habrían llevado a La Perla. ¿Sabés que me salvaste la vida?»

La represión avanza en Río Cuarto luego del “Navarrazo”. Se multiplican las amenazas, los atentados y los actos intimidatorios contra los militantes populares, y la universidad sufre allanamientos policiales cada vez más frecuentes. Señala que el Peronismo de Base se fue debilitando progresivamente, que algunos compañeros dejaron de participar y que la sensación de peligro era cada vez más evidente. Así, a principios de 1975, David comprendió que también él podía convertirse en objetivo de la represión. El miedo ingresaba de manera concreta a su vida. Comenta que él mismo podía leer en los periódicos locales cómo el discurso oficial hablaba de «extremistas», «subversivos», «enemigos de la patria», en una operación que considera profundamente deshumanizante de los militantes. Sin embargo, estos hombres y mujeres todavía no podían imaginar la magnitud de lo que estaba por venir: el temor ocuparía, según interpreta David, el lugar que antes habían ocupado la esperanza y los sueños de transformación. El 17 de mayo de 1976, en la ciudad de Córdoba, a las 3 de la mañana aproximadamente, varios hombres armados irrumpieron en la habitación que compartía David con su hermano Rubén; uno de ellos comenzó a interrogarlo y le preguntó por su militancia. Si bien allí no ocurrió nada, este “preaviso” no dejaba dudas acerca de lo que podía venir. Diez días más tarde, en la fábrica donde trabajaba, fue detenido y comprendió pronto que lo habían llevado a la D2, como David la llama, «la Gestapo cordobesa». Los sentidos de la memoria hacen revivir el olor a mezcla de humedad, encierro y miedo; ruidos de puertas que se abren y cierran, pasos apresurados. Sobrevino la tortura. David pensó que se moría. Siguen los 71 días de aislamiento en la sede de la policía de Córdoba en Río Cuarto. De allí, a la cárcel de Río Cuarto, donde sus compañeros lo recibieron con enorme calidez. Se trataba de alrededor de treinta conocidos de la universidad y de la militancia. A pesar de la incomunicación con el exterior, del estricto control de todas las situaciones y de las condiciones materiales precarias, fue importante para David dejar de estar solo. Como él expresa: «hasta entonces su supervivencia había dependido exclusivamente de sí mismo, por lo que de algún modo la resistencia volvió a ser colectiva; se trataba de ayudarse mutuamente». Eran la tribu de los perseguidos, de los secuestrados y los encarcelados por sus ideas, más allá de sus extracciones políticas. David sostiene que militar en la cárcel mediante lecturas y discusiones, conversaciones y análisis de la situación política era una manera de conservar la dignidad y la solidaridad, esos valores por los que todos, de una manera u otra, habían luchado. Cómo no rescatar de esta lectura el conmovedor episodio que refiere al homenaje que todos le rindieron a Roberto Mario Santucho cuando se enteraron de su asesinato; ese acto queda registrado en el libro como uno de los momentos más emotivos de la experiencia carcelaria en Río Cuarto, pues como comprende David: era volver a formar parte de una comunidad.

Diciembre de 1976, todos los presos políticos de la cárcel de Río Cuarto fueron trasladados a la UP1, más conocida como cárcel de San Martín de la ciudad de Córdoba. Viaje en silencio, cada uno rumiando sus pensamientos, tratando de imaginar qué les esperaba. Pronto comprendió que su supervivencia seguía siendo incierta: era apenas otra etapa del mismo infierno, tal como él lo llama. La vida cotidiana en el pabellón transcurría entre la falta de intimidad, humillaciones que formaban parte del castigo cotidiano, la oscuridad y la tarea de jugarle pequeñas batallas al encierro. La respuesta era la organización: el compartir el espacio, la comida, las noticias, las preocupaciones y también las alegrías, sin diferencias políticas, arriesgando la manera de calentar agua para tomar un mate, para lo cual era necesario conseguir clandestinamente yerba a través de «la paloma». David escribe que el mate era una forma de compartir y de conversar, de sentirse cerca de la familia y de esa vida que habían dejado afuera. El libro recuerda especialmente la llegada de Braulio López, integrante de Los Olimareños, quien el 24 de diciembre de 1976 cantó para las detenidas en el pabellón de mujeres. Rememora David que esa voz escuchada así, de lejos, atravesando los muros de la prisión, fue un momento inolvidable; que ese canto dentro de la cárcel ayudó a recuperar una parte del mundo que la violencia de la dictadura intentaba arrebatarles. Ese mismo día volvió a ver a su madre y a sus hermanos y, mediante esos abrazos, sintió nuevamente la felicidad. La vida en el Pabellón 9 resultaba en una combinación extraña de sufrimiento y solidaridad, donde incluso el arte fue una forma de resistencia. Dibujar, bordar o tallar un pequeño objeto representaba una verdadera manera de seguir siendo seres humanos: huesos, telas, que podían transformarse luego en un vínculo silencioso con las familias y los afectos. Todos los días dedicaban aproximadamente una hora a hacer ejercicios físicos que tenían un objetivo muy concreto: prepararse para resistir a las frecuentes requisas; también era una forma de prepararse psicológicamente para soportar el encierro. Eran actividades que fortalecían la solidaridad y organizaban la moral de los presos políticos; era mantener el cuerpo en movimiento como voluntad de resistencia. Las requisas buscaban no solamente encontrar objetos prohibidos, sino también destruir todo aquello que los ayudaba a transitar el encierro: la organización, los juegos, las pequeñas conquistas cotidianas y el trabajo que los mantenía unidos.

¿Nosotros, nosotras, hoy? ¿No tendremos que salvaguardar nuestras aparentemente pequeñas conquistas cotidianas para sobrellevar nuestro tiempo de confusiones y de desalojo de sentidos históricos y políticos? ¿No se tratará de organización, (re)creación y de más trabajo la tarea que se nos impone a la hora de habitar el presente? El libro de David es una ocasión, una oportunidad para continuar pensando formas alternativas para no salirnos de la historia, para no renunciar a la vida que nos toca ni tampoco vivirla ni fatal ni trágicamente. David ha regresado a Río Cuarto una vez más para reunirse con nosotros y para compartir generosamente su propia historia atravesada por las derivas que han marcado su vida, y también las nuestras, de manera indeleble. Trae consigo todo aquello que lo ha desvelado y, al mismo tiempo, lo ha esperanzado y le ha permitido sobrevivir. Este ejercicio viene acompañado de una profunda labor de reflexión, de búsqueda de sentidos, de militancia por la Memoria, la Verdad y la Justicia. En este libro David se ha permitido, tras largas introspecciones, descifrar, tal vez interrogar, tal vez elaborar a lo largo de extensos años qué había sido, qué había ocurrido en su primera juventud en la Argentina; por qué su propia vida y la de otros tantos a quienes conoció, y a quienes no conoció, pero abrazó como parte de una identificación colectiva, no había salido ilesa de la historia, de esa historia que se dan, para sí, las clases dominantes. En esta primavera del año 2026 ofrece algo sublime que nos alivia un poco más cuando muchas/os de nosotras/os nos preguntamos si todo está perdido, tal como cantamos en esa canción tan conocida. David viene a ofrecer su corazón como un documento inalterable, a cuentas de toda la sangre que se llevó y se lleva el río; pero que, con la paciencia y la sabiduría que ofrece el tiempo en el espesor más terrible de las conciencias, logra vencer con su escritura cargada de emociones. Así, logra finalmente reencontrarse consigo mismo, alcanza a perderse junto a las y los otros amigos y compañeros que tantas noches no lo dejaron dormir, para de esta forma también conectar con nosotras y nosotros, las mujeres y los hombres de este presente que no cesa en sorprendernos por su inasibilidad y también por su barbarie. Y en ese indefinido intercambio de tiempos y espacios, una vez más Río Cuarto es para David un espacio de resguardo, de algún tipo de hechicería mediante la cual lo alcanzan abrazos y las formas más elementales de un umbral de sentido que claramente ha quedado inscripto en este libro que nos entrega.

Sería muy saludable para la buena memoria de nosotros y de las generaciones venideras que este libro se pueda difundir, leer y discutir en espacios variados, en pos de no solo documentar e informar, sino también poder hacer pasar por nuestras conciencias y por nuestros cuerpos individuales y colectivos los recorridos sinuosos de tu vida. Una vida que no ha sido ni es solo tuya, sino que es el resultado de las tramas azarosas por las que los hombres y las mujeres se encuentran en el amor y se unen mucho más en las adversidades. Río Cuarto y su universidad pública, donde estudiaron y militaron David, Berta, Alberto y otros tantos vuelve a ser hoy un valioso aporte para nuestra conciencia colectiva. Gracias, David, por transformar las marcas del dolor en un regalo desinteresado para nuestra memoria común.

 

Eduardo Escudero | Historiador. Docente e investigador de la Facultad de Ciencias Humanas, UNRC.