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Hablábamos el otro día con un colega acerca de la materialidad del sentido y de la capacidad performativa del lenguaje, algo en lo que todavía creo profundamente. Me refiero a la importancia del lenguaje (en sus diversas manifestaciones), para dar forma a una realidad de otra manera inaccesible. Las formas de nombrar, arrancadas de los códigos que las moldean, se nos aparecen como naturales, como simple reflejo de aquello que está afuera. Y el artilugio del lenguaje como espejo lleva a confundir entre lo que ocurre y su representación. Esa confusión enmascara, esconde y disimula la profundidad de los procesos ideológicos a partir de los cuales todos sin excepción, con grados diferentes de conciencia, también concebimos el mundo ante nosotros mismos y ante los demás.