5 de mayo: bicentenario del nacimiento de Karl Marx.
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5 de mayo: bicentenario del nacimiento de Karl Marx.

5 de mayo: bicentenario del nacimiento de Karl Marx.

 

Marx, el corazón delator

Por Santiago Polop. Docente de los Departamentos de Cs. Jurídicas, Políticas y Sociales y Filosofía – Facultad de Cs Humanas.

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El bicentenario del nacimiento de Karl Marx. Seguramente, al sistema de capital nunca se le hubiera cruzado por la cabeza que le costaría tanto matar a alguien. No es que lo haya matado literalmente en vida, que haya apretado el gatillo o blandido un hacha sobre su cuerpo para ultimarlo. Sin duda que contribuyó con la miseria y la persecución que le cayó en su peregrinar por Europa procurando papas para el caldo de su familia y un nuevo carbón con el que escribir, y ello hacerlo sin tener que abjurar ni detener las ideas que le causaban tantos problemas. No, el capitalismo hace desde la muerte de Marx que intenta ultimarlo definitivamente. O hacerlo inofensivo, que es lo mismo.

 

Marx escribió en el medio del aurora del capitalismo inglés, con la “segunda revolución industrial” estallando por todas partes. Fábricas humeantes que hacían aún más gris a Londres, manufacturas mecánicas más grandes y más veloces, tiempos productivos y vitales acelerados. Todo parecía el lógico devenir de una era de revolución científica y tecnológica que elevaba el nivel de vida, que permitía el incremento de la población por la generación de excedentes, que requería de una presencia estatal ocupada en hacer vivir a la población, como dijo Foucault. El siglo de las luces, el momento de la razón ilustrada, secularizada. El ser humano cumplía la profecía prometeica y se apropiaba del mundo, de la naturaleza, lo controlaba todo. Y todo aparecía como una posibilidad, como una promesa, o así era presentado, cuidadosamente. Marx, un materialista, pero un materialista dialéctico -que no es lo mismo-, estudió conceptualmente ese devenir. Con paciencia y asombro se dedicó a revisar las aristas de este nuevo modo de producción y a totalizarlo (sugerencia hegeliana que supo utilizar tan bien) para comprender lo que ocurría. Llegó al corazón de la bestia. Lo contempló en su magnificencia, y advirtió que desde allí se abría a sus prácticamente infinitos discurrires para lograr su objetivo: mantener la tasa de ganancia en ascenso vía la explotación del trabajo. Así, tan simple, pero tan profundo. Ese objetivo, anunció tras estudiarlo prolijamente, se asienta en crímenes ocultos en forma de leyes de propiedad, en naturalizaciones de la inequidad del devenir humano que tiene como única posibilidad vender de fuerza de trabajo a unos pocos que la compran por mucho menos de su valor productivo. Plusvalía, la llamó. Esa divisoria, presentada como un intercambio necesario, por tanto propio del tiempo y de la historia, debía olvidar la historia de su constitución. Nadie, sino, iba a creer en el intercambio perfecto, en la competencia perfecta, en el libre juego de oferta y demanda, en el ascenso meritorio del trabajador esforzado. Borrar la historia, de eso se trataba, presentar lo que ocurre como un juego en el que ya estaban repartidos los jugadores y los roles, y cada cual sólo viene a cumplir el papel que le toca. La cuestión, hubiera dicho Marx, es que ese juego es el circo romano, y a los trabajadores les toca animar la fiesta, matándose entre ellos y para ellos, los capitalistas, para el capital. No pidieron ir a la arena a pelear, pero el mundo está construido para que esa sea la única alternativa. Es lo que tocó. Ya quisiera el trabajador estar en las gradas, esas construidas sobre los huesos de sus compañeros pasados. De hecho, sentarse del otro lado, será una promesa que lo mantiene blandiendo la espada, o martillando, o detrás de una computadora. En el capitalismo, el goce es aspiracional, se goza la expectativa de ser/tener lo que aún no se tiene. Y esa rueda no para de girar.

 

“Todos somos Robinson Crusoe”, era la consigna del liberalismo económico, todos tenemos el éxito en nuestras manos, y podemos hacerlo solos. Dejémonos de robinsonadas, dijo explícitamente Marx, un realista. Robinson Crusoe delimitó una tierra comunal, la hizo propiedad privada, aplicó sus conocimientos de un sistema productivo histórico, luego colonizó a Viernes, el originario, y lo sometió a su imperio tras una falsa amistad sacándole trabajo y conocimientos. Dafoe, Adam Smith, Malthus, todos ponen la historia de la institución de la propiedad privada y de la división social en clases bajo un inmenso tapete. Con eso instituyen, reproducen y conservan un estado de situación. Y para ello se han de usar todas las herramientas disciplinares en las que el ser humano ha pensado, y más: la ciencia, la educación, la policía, el Estado, el derecho, la tecnología, el ocio (sí, hasta el ocio). Eso es la ideología, diría Marx, ejercer tanto ciertas violencias, administrarla tan bien, que finalmente esa inmensa mayoría que las sufrió, o que las sufre, las incorpore como parte del devenir mundo. Por eso dirá que las ideas dominantes de una época son, precisamente, las ideas de la clase dominante, aquellas ideas que deben estar presentes para conservar el velo sobre las violencias operantes. Por tanto, es claro que las ideas dominantes no son las ideas de la clase dominante, son sólo aquellas que se deben instituir para mantener la violencia del status quo.

 

Marx advirtió que la cuenta de un lado sólo tenderá a aumentar, y la del otro a achicarse. Que la masa de trabajadores, desposeídos, miserables, desprovistos de toda la ley más allá de la que los mantienen en ese lugar, que esa clase sólo podía incrementarse más y más. Y que la clase de capitalistas, de los propietarios de los medios de producción, sólo podía reducirse en la proporción. En la actualidad, hay 8 personas en el mundo que poseen la misma cantidad de riqueza que la sumatoria de 4 mil millones de personas.

 

Marx la vio venir, en toda su dimensión. Miró al abismo a los ojos, y el abismo vio en él su miedo. Marx comprendió el tamaño de la lucha, de lo que estaba en juego. Era un humanista, creía que el ser humano era mucho más que un trabajo gris, mecánico, expropiador, un trabajo que embotaría su capacidad de pensar. Confiaba en la humanidad, en el altruismo, en construir un mundo equitativo, poético. Pero no era un idealista, sabía que no bastaba con pensarlo, había que actuarlo, había que unir teoría y práctica, la praxis. Intuyó, con razón, que sólo a los sometidos les interesaría cambiar las condiciones del mundo, y les hizo un llamamiento por su nombre: “Proletarios del mundo, uníos…”. Les habló a ellos. ¿Para qué el que la pasa bien en este estado de cosas querría cambiar algo? En su tiempo, ubicó esa clase universal, esa que podía pensar realmente en la libertad (la otra estaba muy ocupada en limitar la libertad a sus fines), en el proletariado, en los trabajadores. Categoría que con el pasar de los años se mostraría insuficiente, pero que contemporáneos a Marx se encargaron de actualizar. Si el capitalismo se actualiza, se perfecciona, Marx también.

 

Tal vez esa sea la magia de Marx. Dejó al capitalismo atrapado en un bucle conceptual. Marx desaparecerá con el capitalismo, no hay otra forma. Sigue siendo actual porque el capitalismo está aquí, y sus leyes siguen actuando, operando, para mantener y conservar un estado de cosas, las mismas que Marx viera, pero hoy con nuevos resquicios y mecanismos de dominación y sometimiento, resultado de la dialéctica del capital en el siglo XXI.

 

Marx es el gran referente del capitalismo. Su nombre ha sido objeto de denigración, de asociaciones incorrectas por propios y extraños con la intención de sepultarlo de una vez. Marx jamás hubiera avalado a Stalin, por ejemplo. Sus ideas no llevan a la violencia, sino que buscan hacer evidente la violencia misma que instituye ésta nuestra realidad. Y luego hacer algo. Porque el resultado de esa violencia es la explotación de millones y millones de personas, la de denigración humana en todas sus formas tras el intercambio de mercancías, el uso de la naturaleza como recurso y no como soporte vital, la pobreza y el hambre conviviendo con el lujo y la ostentación, el crimen por la propiedad privada, el crimen de la propiedad privada de los medios de producción. El capitalismo hace lo posible para convencer de que no hay mundo más allá del capitalismo, no puede no hacerlo. Marx no sabía si realmente lo había, pero quería creer que sí, y que sería un mundo realmente de los seres humanos liberados, no el de la lógica del capitalismo, que instrumenta al humano a sus fines, que es permanecer.

 

Mantengo en el recuerdo el día en que llegué a la oficina que compartía con quien tuve el gusto de formarme. Entré con una edición de La Ideología Alemana, ese texto que recién se descubrió escondido en 1932, mucho después de que Marx fuera canonizado por quienes siempre se ocupan de canonizar las cosas. Un texto que completa algunas piezas de un rompecabezas que está siempre en construcción, porque es dialéctico y hegeliano, como advirtiera una detenida lectura de Lenin sobre Marx vía la Ciencia de la Lógica hegeliana. Así hay que leer a Marx, insistía Lenin. Ese libro, me dijo mi compañero de oficina, “…tuve que quemarlo en el 76, porque si me lo encontraban los militares me llevaban”. Y así se llevaron a muchos, que tenían esos libros, o que decían en voz alta ese nombre, o las ideas que se desprendían de él, en el nombre de otros. Y así, en otras geografías del mundo ocurrió y sigue ocurriendo, con igual violencia, luego  sin la necesidad de empujar a nadie desde un avión. El capitalismo aprende, no quiere ser mal visto. El capitalismo se está ocupando todo el tiempo de Marx. No imagino a nadie escondiendo un libro de Adam Smith, o de Milton Friedman. Por la fuerza o por la exclusión, Marx es empujado a los límites, pero nunca cae, nunca cede. Sólo caeran juntos.

 

Marx funciona como ese corazón delator, del genial cuento de Edgar Allan Poe. El personaje había cometido el asesinato impunemente, y escondió el cuerpo mutilado en el piso. Confiaba en su crimen, pero no calculaba el regreso fantasmal del latido. La sepultura cuidadosa, perfecta, no había contemplado la intromisión de la propia conciencia del crimen. De igual modo, el capital sabe de sus crímenes, y también los oculta. Son parte de la historia, son los que no han hecho méritos, son los holgazanes que no quieren trabajar, son el resultado de cualquier otra cosa, más no de sus violencias fundantes. Pero Marx sigue allí, latiendo. Le devuelve su vergüenza, y sus miedos. Marx, a 200 años de su nacimiento, a 150 años de la publicación de El Capital, sigue llamando a la unidad para luchar por las libertades sometidas, entregadas, robadas, por la lógica del capitalismo que apuntala hoy, con el neoliberalismo, la cúspide de la dominación de los sujetos. Sujetos-empresas motivados por los mismos preceptos que antes venían de la violencia ortopédica de las armas o de la exclusión: el egoísmo a ultranza, la ruptura de las solidaridades colectivas, la imposición de los criterios de ganancia en la totalidad de la vida. El capitalismo espiritual, el momento de su absoluto. Ruidoso, estruendoso, aturdidor. Tal vez tenga que ver con la necesidad de esconder el sonido cada vez más agobiante de los crímenes que sigue cometiendo, de los que quedan en el camino, del vacío de la cultura de consumo, de los miles de millones en situación de explotación, miseria y sometimiento, y tal vez hasta del pavor ante la pregunta no enunciada que flota en la cabeza del trabajador luego de una extensa y extenuante jornada laboral ¿esta es toda la vida?

 

Darle vida a Marx, 200 años después, nutriéndolo de todos esos años en los que Marx no estuvo, es la tarea de los que aún sometidos pueden pensar las condiciones de su sometimiento, lo que no es privativo de ningún ámbito. Marx es un cuerpo abierto, se nutre de luchas y luchadores de todo el mundo. Lo hacen mejor, más fuerte. Pelear por liberarse del reino de las necesidades ficticias que la lógica del capitalismo instrumenta para conservarse, es el camino a la libertad del ser humano.