BRASIL VOTÓ POR LA BIBLIA Y LA BALA.

 

Por Pablo Wehbe – Profesor Asociado en Derecho Internacional Público y Teoría de las RRII de la Facultad de Cs. Humanas – UNRC

 

La República de Brasil votó por un candidato que hasta hace tan solo cuarenta días no superaba el 18% de intención de votos, con un Lula de presencia avasallante –aún desde la cárcel- que amenazaba con lograr un piso del 35% en la primera vuelta y un 65% en la segunda. Detrás, la izquierda de Ciro Gómes, Marina Silva y la dupla de partidos cómplices en el golpe de Estado contra Dilma Rousseff: Geraldo Alckmin (PSDB), y Henrique Meirelles (PMDB).

Pero algo pasó en estos últimos cuarenta días; primero, el poder real de Brasil -más blanqueado que en otras Democracias de baja intensidad del Continente-, se dedicó a destrozar al PT, acusándolo de ser el responsable de “todos los males por su populismo”, que consistió en planes y programas que permitieron a 60 millones de brasileñas y brasileños salir de la pobreza y poder escolarizar a sus hijas e hijos.

Luego, el Poder Judicial, en total sintonía con el Poder Económico representado por la Red Globo y por la Federación de Industriales y Empresarios de San Pablo (FIESP), acató la bravuconada insólita de militares de alta graduación en el sentido de que “no aceptarían que Lula saliera en libertad”; ergo, el mensaje era claro: Lula debía seguir en prisión y no estar en condiciones de ser candidato.

Así las cosas, para el PT se le abrían tres enormes frentes. En todo momento habían dicho que “no existía un Plan B” pues el candidato era Lula o la proscripción. Sin embargo, frente a la posibilidad de ver licuada su presencia electoral, optaron por el ex Alcalde de San Pablo y ex Ministro de Educación de Lula, Fernando Haddad. Superado el primer frente, ahora había que enfrentar al segundo, que era nada menos que hacer conocido a un hombre que solamente había participado en dos elecciones: una, la que gracias a Lula lo depositó en la Alcaldía de San Pablo, y la segunda, la patética derrota en su intento de reelección. También lo lograron: en tres semanas saltó de un nivel de conocimiento del 2.5% a un 75%.

Pero faltaba el tercer desafío: en un país con un sistema de partidos políticos muy débil y con poca fidelidad y sentimiento de pertenencia partidario, había que “transferir la popularidad” de Lula hacia Fernando Haddad. Y allí se debe reconocer que también hubo una buena tarea. Saltó de una intención de voto del 3% al casi 29% finalmente logrado. Pero nada de esto fue suficiente. ¿Por qué?

Bolsonaro, un ex capitán paracaidista de 63 años y que lleva 27 como Diputado Federal, pasó a ser claramente el vocero de sectores “duros” de las Fuerzas Armadas a partir de 2014, fue una de las principales espadas para la caída de Dilma Rousseff, al punto tal de que cuando votó por el juicio político lo hizo “en nombre del militar que la había torturado”. Este político supo interpretar también el hartazgo del centro-oeste del coloso suramericano frente a la corrupción que ha carcomido en los últimos años más de un 34% de los ingresos reales de la población pobre y aumentado sensiblemente la desocupación.

Pero fundamentalmente fue el ariete de los cinco Estados blancos, ricos, racistas, xenófobos y separatistas del Sur: Río Grande do Sul, Santa Catarina, Paraná, San Pablo y Río de Janeiro, cuya población mayoritariamente avala la “mano dura” en las favelas y frente a la cual declaró que “los militares y policías se equivocaban al torturar, pues deberían matar”.

Y si faltaba algo, este misógino y homofóbico Diputado se hizo bautizar como evangélico en el río Jordán, apropiándose del discurso religioso de un sector en peligroso avance en América Latina, particularmente en lo que se refiere a discutir derechos de igualdad de género, matrimonios igualitarios, etc. Su discursividad mezcló voluntad privatizadora, un Estado mínimo, mano dura, volver a “valores que el PT hizo trizas con ideas extrañas en las escuelas y las familias” y su crítica permanente a la estructura política del país.

Un muy oportuno atentado evitó que en las últimas dos semanas pudiera seguir diciendo cosas que, probablemente, algún medio de comunicación descolgado habría publicado de forma tal que pudiese llegar a perjudicarlo. De esa manera, los dos debates presidenciales se agotaron en ataques recíprocos entre candidatos lamentables, sin ideas y con meros clichés, el principal de los cuales era atacar a los otros por “corrupto”.

Brasil votó; estadísticamente es virtualmente imposible que el 28 de Octubre el PT pueda dar vuelta la historia. El Gobierno argentino saludó entusiasmado al “Gobierno y Pueblo brasileños” por la elección, sin haber reparado en que la palabra “MERCOSUR” ni se mencionó en la campaña. Tal vez, una vez más, la improvisación en materia de Política Exterior haga que los funcionarios argentinos se desayunen el 29 de Octubre con una devaluación del Real, un duro golpe a las exportaciones argentinas a ese país, un anuncio de alineamiento con el EEUU de Trump y un lento abandono del proceso integracionista.

Sí, la realidad demuestra que, SIEMPRE, las peores alternativas pueden volverse posibles.

 

*Nota publicada en Puntal.

BOLSONARO-

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